[center:fc400ff05a]Don Justo Responso,
amable párroco de nuestra aldea,
visitó a doña Pía, alegre feligresa,
para pedir pequeño hueco en su mesa,
en estos días de tanto trastorno.
Halagada por tan alto honor,
doña Pía ofreció al santo varón
sus más preciadas viandas:
cordero, marisco, y un poquito de jamón,
antes del café que cura el sopor.
Abrumado ante semejante banquete,
el páter rezó una luenga plegaria,
con una mano hacia el cielo apuntando,
y la otra escondida bajo la enagua,
tocando un pío muslo de repente.
Doña Pía liberó un gritito de congoja
desde su largo y casto cuello blanco:
¡padre, respete usted su voto santo,
y disculpe que rechace su asalto,
aunque ahora mi carne se torne roja!.
Atolondrado y con el ánimo afligido,
nuestro párroco lloró su pena y tristeza;
sabía con clara y absoluta certeza
cómo rebajar aquella enorme dureza
que a su pecho se había adherido.
Doña Pía, dijo el sacerdote de soslayo,
disculpe usted mi atrevimiento inoportuno,
pero comprenda que si al tocarle un muslo
en este estado febril y mundano me hundo,
si de pleno le agarro un seno, me desmayo.
Bajo la sotana aparecía la prueba de la fiebre,
apuntando hacia Jerusalén la santa y vieja,
nardo soñador de higueras donde se escondiera,
capullo que nace así en verano como en primavera;
de esa enfermedad no hay humano que se libre.
Contemplando tamaña prueba de salud,
doña Pía se aferró a la mesa camilla,
no sabía por qué, pero no podía evitarlo,
de repente le temblaban hasta las canillas;
con aquella cosa se podría clavar un ataúd.
Con el ardor latiendo hasta en la tiara,
don Justo persiguió a doña Pía sin tregua,
queriendo montar y domar a aquella dama,
el párroco piso mal, y tropezó con su sotana,
cayó de bruces al suelo y rompióse la cara.
No sólo la cara se partió en la caída.
El golpe fue tremendo contra el mármol,
el páter sufrió el martirio de perder,
por obra de Dios, o el destino, ¡a saber!,
los bajos, pero los de la sotana raída.
Doña Pía, que de tan pía nunca pió,
acercóse al santo varón, hombre al fin,
y vio el estado en que quedó aquel serafín.
Pensando en el zurcido que podía darle,
al páter, con prudencia, anticipó:
Lo siento don Justo, pero hay que cortar.
Él, que no sentía ya la presencia
de su bandera ni su alto izamiento,
temió lo peor, y con gran violencia,
se levantó, y hacia su retiro quiso trotar.
Tan mal se portó con él la diosa Fortuna,
que al correr hacia la puerta de salida,
quiso el hado que entrara la hermana de Pía
con tanta prisa en la casa que le clavó
el canto de madera de la puerta en la tonsura.
Maltrecho y tieso quedó nuestro galán,
tendido en el suelo, envuelto en sangre.
Si hubieras cambiado tu celibato cafre
por una tremenda orgía de vino y carne
no te verías ahora descansando en paz.
A su entierro acudió todo la feligresía,
uno a uno, abarrotando la parroquia,
pequeña para tan magno evento;
despedido fue el páter entre lamentos;
sin duda su pueblo bien lo quería.
Todos cómplices del mismo engaño;
todos herederos de la misma hipocresía;
todos huyendo de la verdad por tradición;
todos cediendo al culto de la vieja tiranía
del yugo que esclaviza y hace tanto daño.[/center:fc400ff05a]
amable párroco de nuestra aldea,
visitó a doña Pía, alegre feligresa,
para pedir pequeño hueco en su mesa,
en estos días de tanto trastorno.
Halagada por tan alto honor,
doña Pía ofreció al santo varón
sus más preciadas viandas:
cordero, marisco, y un poquito de jamón,
antes del café que cura el sopor.
Abrumado ante semejante banquete,
el páter rezó una luenga plegaria,
con una mano hacia el cielo apuntando,
y la otra escondida bajo la enagua,
tocando un pío muslo de repente.
Doña Pía liberó un gritito de congoja
desde su largo y casto cuello blanco:
¡padre, respete usted su voto santo,
y disculpe que rechace su asalto,
aunque ahora mi carne se torne roja!.
Atolondrado y con el ánimo afligido,
nuestro párroco lloró su pena y tristeza;
sabía con clara y absoluta certeza
cómo rebajar aquella enorme dureza
que a su pecho se había adherido.
Doña Pía, dijo el sacerdote de soslayo,
disculpe usted mi atrevimiento inoportuno,
pero comprenda que si al tocarle un muslo
en este estado febril y mundano me hundo,
si de pleno le agarro un seno, me desmayo.
Bajo la sotana aparecía la prueba de la fiebre,
apuntando hacia Jerusalén la santa y vieja,
nardo soñador de higueras donde se escondiera,
capullo que nace así en verano como en primavera;
de esa enfermedad no hay humano que se libre.
Contemplando tamaña prueba de salud,
doña Pía se aferró a la mesa camilla,
no sabía por qué, pero no podía evitarlo,
de repente le temblaban hasta las canillas;
con aquella cosa se podría clavar un ataúd.
Con el ardor latiendo hasta en la tiara,
don Justo persiguió a doña Pía sin tregua,
queriendo montar y domar a aquella dama,
el párroco piso mal, y tropezó con su sotana,
cayó de bruces al suelo y rompióse la cara.
No sólo la cara se partió en la caída.
El golpe fue tremendo contra el mármol,
el páter sufrió el martirio de perder,
por obra de Dios, o el destino, ¡a saber!,
los bajos, pero los de la sotana raída.
Doña Pía, que de tan pía nunca pió,
acercóse al santo varón, hombre al fin,
y vio el estado en que quedó aquel serafín.
Pensando en el zurcido que podía darle,
al páter, con prudencia, anticipó:
Lo siento don Justo, pero hay que cortar.
Él, que no sentía ya la presencia
de su bandera ni su alto izamiento,
temió lo peor, y con gran violencia,
se levantó, y hacia su retiro quiso trotar.
Tan mal se portó con él la diosa Fortuna,
que al correr hacia la puerta de salida,
quiso el hado que entrara la hermana de Pía
con tanta prisa en la casa que le clavó
el canto de madera de la puerta en la tonsura.
Maltrecho y tieso quedó nuestro galán,
tendido en el suelo, envuelto en sangre.
Si hubieras cambiado tu celibato cafre
por una tremenda orgía de vino y carne
no te verías ahora descansando en paz.
A su entierro acudió todo la feligresía,
uno a uno, abarrotando la parroquia,
pequeña para tan magno evento;
despedido fue el páter entre lamentos;
sin duda su pueblo bien lo quería.
Todos cómplices del mismo engaño;
todos herederos de la misma hipocresía;
todos huyendo de la verdad por tradición;
todos cediendo al culto de la vieja tiranía
del yugo que esclaviza y hace tanto daño.[/center:fc400ff05a]
. Una vez comenzada, no se puede dejar de leer. Un cuento vívido, tragicómico, didáctico... bueno, tantas cosas podría decir, pero me quedo en esto: felicidades por tan magnífico trabajo. Mi voto sincero, es lo mejor que he visto en mucho tiempo (sin participar en comentarios sobre cualquier religión ni comunidad...). Bienvenido al portal, espero verte aquí de nuevo en el futuro.
y doña Pia, la que nunca pió
. buajajajajaja. Continua con la tuya que vas bien. Saludos :wink: