La Historia del Vagabundo Azul

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
Para aquellos que aún no conocen cómo se compone y se descompone la prosa lírica moderna, hoy no vengo a explicarla: vengo a mostrarla. Porque la prosa lírica no se enseña como una fórmula; se respira, se rompe, se reconstruye. Es palabra que camina sin la rigidez del verso, pero con el alma encendida de la poesía. Es narrativa que se permite sentir más de lo que cuenta, y decir más de lo que parece. Es, en esencia, una herida que escribe.

Y para comprenderla, basta una historia.

La Historia del Vagabundo Azul


Lo conocí cuando la vida se me estaba cayendo a pedazos, aunque por fuera yo fingiera que todo estaba en su lugar. Hay encuentros que no se anuncian, que no llegan con nombre ni con propósito claro; simplemente suceden, como si el destino decidiera intervenir sin pedir permiso.

Le decían el Vagabundo Azul.

No porque vistiera de ese color —aunque siempre había en él algún rastro de cielo—, sino porque su mirada tenía la profundidad de quien ya no pertenece del todo a este mundo. Caminaba lento, no por cansancio físico, sino porque parecía medir cada paso como si supiera que eran pocos.

Decían que había tenido todo: amigos, familia, amores. Decían que había sido un hombre completo, de esos que ríen fuerte y abrazan sin miedo. Pero un día, el cuerpo le habló en un idioma que nadie quiere entender. Cáncer. Meses, quizás. Y entonces, como suele ocurrir con la fragilidad ajena, todos comenzaron a desaparecer.

Primero los amigos, que no supieron sostener la incomodidad de la despedida. Luego los amores, que no quisieron amar lo que se marchita. Y finalmente la familia, que se quebró entre el miedo y la negación.

Así terminó en la calle, no por falta de hogar, sino por exceso de abandono.

Yo lo encontré sentado en una acera, mirando la nada como si en ella hubiese encontrado algo. Me acerqué por impulso, o tal vez por necesidad, porque uno también busca salvarse en otros sin admitirlo.

—¿Te queda mucho? —le pregunté, sin saber exactamente a qué me refería.

Él sonrió, como quien ya no se ofende por la crudeza del mundo.

—Lo suficiente —respondió—. Siempre queda lo suficiente.

Y en esa respuesta había una calma que no entendí en ese momento.

Empezamos a vernos sin acordarlo. Yo le llevaba café; él me regalaba silencios que decían más que cualquier consejo. No hablaba de su enfermedad como una tragedia, sino como una certeza. Y en lugar de aferrarse a lo que perdía, parecía abrazar lo que aún le quedaba: el viento, la luz, el paso de la gente que no lo veía.

—Cuando todo se va —me dijo una tarde—, uno descubre que lo único que realmente tiene… es lo que es.

Yo no entendía cómo alguien que lo había perdido todo podía hablar con tanta paz. Yo, que lo tenía casi todo, estaba lleno de ruido.

El Vagabundo Azul no me salvó con grandes discursos. No me enseñó teorías ni me ofreció respuestas cerradas. Me salvó de otra manera: me mostró que incluso en la intemperie se puede ser hogar.

Me enseñó que el dolor no siempre destruye; a veces depura. Que el abandono no siempre vacía; a veces revela quién se queda cuando todo se va. Y que la vida, incluso cuando se acorta, puede expandirse hacia adentro.

Un día no volvió.

No hubo despedida en persona, ni aviso previo. Solo su ausencia, que pesaba más que su presencia.

En el lugar donde solía sentarse, encontré un sobre. Mi nombre estaba escrito con una calma que dolía.
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Carta del Vagabundo Azul

No sé si cuando leas esto seguiré respirando o si ya me habré convertido en una forma distinta de existir.

No te escribo para despedirme, porque las despedidas siempre suponen que algo termina, y yo ya aprendí que nada termina del todo. Solo cambia de lugar.

Te escribo porque en medio de mi ruina, apareciste tú. Y no como salvador —no me malinterpretes—, sino como testigo. Y a veces, eso es más importante.

La gente cree que morir es lo peor que puede pasar. No lo es. Lo peor es desaparecer en vida, ser olvidado mientras aún respiras, volverte incómodo para quienes antes te llamaban necesario.

Yo pasé por eso. Y dolió más que cualquier diagnóstico.

Pero entonces entendí algo: no vine a este mundo a ser recordado por muchos, sino a ser verdadero aunque nadie mirara.

Tú me miraste.

Y en esa mirada, encontré algo que creí perdido: dignidad.

No te aferres a lo que se va. Todo lo que se va, cumple su propósito. Aférrate a lo que eres cuando todo desaparece. Ahí está tu verdad.

Si alguna vez te sientes perdido, recuerda esto: la vida no se mide por lo que conservas, sino por lo que eres capaz de sostener dentro de ti cuando ya no tienes nada afuera.

Yo me voy ligero.

No porque no duela, sino porque ya no cargo con lo que no me pertenece.

Gracias por sentarte a mi lado cuando todos se levantaron.

El Vagabundo Azul
Posdata

Y si alguna vez me buscas,
no lo hagas en la memoria…
búscame en ese momento exacto
en que te duela la vida
y aun así decidas quedarte.


Ahí voy a estar,
sentado a tu lado,
como quien no se fue nunca.
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Desde entonces, camino distinto.

No porque entendí la vida, sino porque dejé de resistirme a sentirla.

Y a veces, cuando el mundo pesa demasiado, cierro los ojos y vuelvo a aquella acera, donde un hombre que lo había perdido todo… me enseñó a no perderme.
 

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