Mr.9
Poeta recién llegado
La huella del Tiempo.
Volaba el filósofo, atormentado, afligido, angustiado,
montado en la tortuga triste y melancólica que soy yo,
sobre los bastos mares del olvido,
donde los peces cantan nanas de cuna para dormir a los curiosos.
El filósofo, atormentado, afligido, angustiado,
lanzaba preguntas sobre el afecto y sobre el odio,
mientras que el viento soplaba,
y solapaba la mente del filósofo
con la mente de la tortuga triste y melancólica que soy yo,
esto le hizo al filósofo olvidar su nombre
y atormentado desató la tormenta.
Pronto como dejaron atrás los bastos mares del olvido,
donde los peces cantan nanas de cuna para dormir a los curiosos,
el filósofo comenzó a odiarse y a desterrarse de su reino baldío,
y afligido echó a llorar,
pero las lágrimas
sólo brotaban de los ojos de la tortuga triste y melancólica que soy yo,
y eso molestaba al filósofo,
y angustiado,
porque era el pico de la tortuga triste y melancólica que soy yo
lo que emitía el grito de dolor y no sus labios,
se topó con los muros del Tiempo,
y cesaron el vuelo.
Siguieron el rastro de los días,
que dejaban huella sobre las dunas de hormigón,
que alabean la tez del desierto de hierro,
y anduvieron errantes siguiendo al Tiempo,
pero la tortuga triste y melancólica que soy yo
reparó en que era imposible alcanzar al Tiempo,
comprendió que la huella que seguían era siempre la misma,
y que el único rastro que había en las dunas de hormigón,
que alabean la tez del desierto de hierro,
era el suyo.
Esto cabreó al filósofo,
pues en cuanto lo supo la tortuga triste y melancólica que soy yo,
él también lo supo.
Permaneció la tortuga triste y melancólica que soy yo,
durante el infinito,
boca abajo sin poder erguirse,
a causa de la mala acción del filósofo,
que envidia y egoísmo ocuparon lugar en su mente
y sus manos tumbaron a la tortuga triste y melancólica que soy yo.
El filósofo quedó prisionero de sí mismo,
y la tortuga triste y melancólica que soy yo,
con la mirada furtiva de un secreto,
pisó la huella del Tiempo.
Volaba el filósofo, atormentado, afligido, angustiado,
montado en la tortuga triste y melancólica que soy yo,
sobre los bastos mares del olvido,
donde los peces cantan nanas de cuna para dormir a los curiosos.
El filósofo, atormentado, afligido, angustiado,
lanzaba preguntas sobre el afecto y sobre el odio,
mientras que el viento soplaba,
y solapaba la mente del filósofo
con la mente de la tortuga triste y melancólica que soy yo,
esto le hizo al filósofo olvidar su nombre
y atormentado desató la tormenta.
Pronto como dejaron atrás los bastos mares del olvido,
donde los peces cantan nanas de cuna para dormir a los curiosos,
el filósofo comenzó a odiarse y a desterrarse de su reino baldío,
y afligido echó a llorar,
pero las lágrimas
sólo brotaban de los ojos de la tortuga triste y melancólica que soy yo,
y eso molestaba al filósofo,
y angustiado,
porque era el pico de la tortuga triste y melancólica que soy yo
lo que emitía el grito de dolor y no sus labios,
se topó con los muros del Tiempo,
y cesaron el vuelo.
Siguieron el rastro de los días,
que dejaban huella sobre las dunas de hormigón,
que alabean la tez del desierto de hierro,
y anduvieron errantes siguiendo al Tiempo,
pero la tortuga triste y melancólica que soy yo
reparó en que era imposible alcanzar al Tiempo,
comprendió que la huella que seguían era siempre la misma,
y que el único rastro que había en las dunas de hormigón,
que alabean la tez del desierto de hierro,
era el suyo.
Esto cabreó al filósofo,
pues en cuanto lo supo la tortuga triste y melancólica que soy yo,
él también lo supo.
Permaneció la tortuga triste y melancólica que soy yo,
durante el infinito,
boca abajo sin poder erguirse,
a causa de la mala acción del filósofo,
que envidia y egoísmo ocuparon lugar en su mente
y sus manos tumbaron a la tortuga triste y melancólica que soy yo.
El filósofo quedó prisionero de sí mismo,
y la tortuga triste y melancólica que soy yo,
con la mirada furtiva de un secreto,
pisó la huella del Tiempo.