El fuego tiene vida,
la llama que se balancea a capricho del viento.
Las ramas zarandean y un silvido atronador cruza el bosque.
Como la llama soy,
al amparo del aire en movimiento.
Hacedor del susurro entre las ramas viejas, huecas.
Senectud prematura la mia.
Desconfia de todo murmura la brisa
y camina, sé tú.
No escuché y me extravié en la inmensa espesura.
Pero hoy es la senda que piso
mi vereda hacia el ser primigenio que fui,
que seré.
Permaneceré alerta
que la luz que me alerta es camino de vida, es verdad.
Confia entonces que el sano juicio
me llevará presto lejos de las sombras fantasmagóricas
que me apresaron siempre.
Hacia allí, al ocaso del día, en el horizonte redentor de mi alma.