Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
La luna dejó de amarme en un día de sol,
y no hubo noche que viniera a explicarlo.
La vi retirarse despacio de mi cielo,
como quien se desata de un abrazo
sin hacer ruido,
sin romper nada…
pero dejándolo todo vacío.
Yo la había guardado en mis sombras,
en ese rincón donde el pecho se vuelve marea,
donde el silencio tiene nombre
y respira.
La amé como se aman las cosas imposibles:
sin calendario,
sin defensa,
con esa fe absurda de los que creen
que la luz también puede quedarse.
Pero la luna no es de nadie.
Se inclinó una última vez sobre mis ojos,
y en su reflejo entendí
que nunca fui su noche,
que apenas fui un instante
donde descansó su brillo.
Y se fue.
No hacia otro cielo—
eso dolería menos—
sino hacia sí misma,
como hacen todas las cosas que no se quedan.
El sol, indiferente, seguía cayendo sobre el mundo,
como si nada se hubiera perdido,
como si no hubiera una ausencia creciendo en mi pecho
con la forma exacta de su luz.
Desde entonces,
las noches ya no son lo mismo.
La busco en cada sombra,
en cada reflejo que promete y no cumple,
en cada silencio que se parece un poco
a lo que fue.
Y a veces pienso
que la luna no dejó de amarme.
Solo recordó
que nunca fue mía.
y no hubo noche que viniera a explicarlo.
La vi retirarse despacio de mi cielo,
como quien se desata de un abrazo
sin hacer ruido,
sin romper nada…
pero dejándolo todo vacío.
Yo la había guardado en mis sombras,
en ese rincón donde el pecho se vuelve marea,
donde el silencio tiene nombre
y respira.
La amé como se aman las cosas imposibles:
sin calendario,
sin defensa,
con esa fe absurda de los que creen
que la luz también puede quedarse.
Pero la luna no es de nadie.
Se inclinó una última vez sobre mis ojos,
y en su reflejo entendí
que nunca fui su noche,
que apenas fui un instante
donde descansó su brillo.
Y se fue.
No hacia otro cielo—
eso dolería menos—
sino hacia sí misma,
como hacen todas las cosas que no se quedan.
El sol, indiferente, seguía cayendo sobre el mundo,
como si nada se hubiera perdido,
como si no hubiera una ausencia creciendo en mi pecho
con la forma exacta de su luz.
Desde entonces,
las noches ya no son lo mismo.
La busco en cada sombra,
en cada reflejo que promete y no cumple,
en cada silencio que se parece un poco
a lo que fue.
Y a veces pienso
que la luna no dejó de amarme.
Solo recordó
que nunca fue mía.