La luz le fue diciendo a la noche tu nombre
La luz le fue diciendo a la noche tu nombre
Y yo en mis claridades, le fui mintiendo.
Porque, si lo hice, fue por salvar una aureola
que navegaba en los crepúsculos de la tarde.
Y fue la serenidad que te trajo hacia mí,
en una ventisca de martes, ajena a tus lágrimas.
La tarde, como suele ser noche, al menor descuido,
y la mañana, que ruega por no ser tarde, se han alineado.
Viéndote llegar como la dueña de los cambios del mundo
como si fueran creados para ti, por algún dios insoportable.
Me miras al medio día, cuando no es tarde ni mañana
cuando los pájaros se acomodan en las ramas,
y los insectos afinan sus gargantas para el canto de campanas,
llegas, y le despiertas al cuerpo sobre las hojas
que gira, y al mirarte, se ve como un hombre,
en ese reflejo en las llamas, sarcásticas,
hecho un emblema de ansiedades.
Se levanta, y camina hacia ti, tomándote el rostro
y tú le recibes, sintiendo sus dedos aprisionarte,
besándose luego, como dos amores,
en la impenetrable abadía de la vida.
Y yo en mis claridades, le fui mintiendo.
Porque, si lo hice, fue por salvar una aureola
que navegaba en los crepúsculos de la tarde.
Y fue la serenidad que te trajo hacia mí,
en una ventisca de martes, ajena a tus lágrimas.
La tarde, como suele ser noche, al menor descuido,
y la mañana, que ruega por no ser tarde, se han alineado.
Viéndote llegar como la dueña de los cambios del mundo
como si fueran creados para ti, por algún dios insoportable.
Me miras al medio día, cuando no es tarde ni mañana
cuando los pájaros se acomodan en las ramas,
y los insectos afinan sus gargantas para el canto de campanas,
llegas, y le despiertas al cuerpo sobre las hojas
que gira, y al mirarte, se ve como un hombre,
en ese reflejo en las llamas, sarcásticas,
hecho un emblema de ansiedades.
Se levanta, y camina hacia ti, tomándote el rostro
y tú le recibes, sintiendo sus dedos aprisionarte,
besándose luego, como dos amores,
en la impenetrable abadía de la vida.