boroman
Poeta recién llegado
Viejo es el proverbio, allende donde duermen las palabras
que citan al amor cual medicina y, el también exceso que lo va matando.
Vieja es esta mi foto, en el carné identitario
y, a pesar de tener ya sus años para mí, que aún me sigo pareciendo a ese extraño.
Vieja es la reseña del buzón, que aún sin ella,
ella allí se ha quedado como un epitafio, donde el cartero, excitado la sigue llamando.
Del humeante cenicero lleno de cenizas negras y colillas rubias
brota la maldición de los poetas que anhelan un pulmón nuevo
y, una cuenta corriente de banquero
y, unos labios de alquiler del rojo atardecer pintados,
pero en sus manos la maldición de los poetas sigue su curso
y, arruinados, sin un duro para tabaco, suspiran por el tacto de aquella mujer,
desolados...
Cuanto se aprende del haber llegado justo a tiempo, piensan los gatos
por cada vida que perdieron atropellada en el asfalto.
Cuanto se pierde del haber querido a quien no lo merecía, piensan los abogados
por cada vista que ganaron defendiendo a arpías y vampiros.
Cuanto se saca del haber hecho lecturas en un poso de café, piensan los mentirosos
por cada idiota al que estafaron un futuro con problemas de dinero.
Y si le cabe una reflexión que poder desvestir de la prosa,
el poeta mide su verso en una barra mirando a una puta y sin quererlo se enamora.
La maldición de los poetas habita en cada paso de cebra
donde sólo cruzan las miradas
y a su paso lento, la hermosura tiene treinta y cinco años y un marido en la oficina.
Nada más tiene el poeta y, quizás un recuerdo en un estante cubierto de polvo
y, una colección de películas en versión original
y, una telaraña de segunda mano para una araña hambrienta de pecados.
La maldición de los poetas se asoma a una ventana en ropa interior
mientras se calza los pendientes y, un anillo por contrato
que por cada vez que rompió, su sonrisa sirvió de reparo para no contar otra mentira.
Nada más tiene el poeta y, quizás un amor en una foto de turista
y, un hueco en la cabeza donde se mueren las primaveras
y, una agenda de teléfonos con las palabras justas para hacer una última llamada.
Javier Susín Acebo.
que citan al amor cual medicina y, el también exceso que lo va matando.
Vieja es esta mi foto, en el carné identitario
y, a pesar de tener ya sus años para mí, que aún me sigo pareciendo a ese extraño.
Vieja es la reseña del buzón, que aún sin ella,
ella allí se ha quedado como un epitafio, donde el cartero, excitado la sigue llamando.
Del humeante cenicero lleno de cenizas negras y colillas rubias
brota la maldición de los poetas que anhelan un pulmón nuevo
y, una cuenta corriente de banquero
y, unos labios de alquiler del rojo atardecer pintados,
pero en sus manos la maldición de los poetas sigue su curso
y, arruinados, sin un duro para tabaco, suspiran por el tacto de aquella mujer,
desolados...
Cuanto se aprende del haber llegado justo a tiempo, piensan los gatos
por cada vida que perdieron atropellada en el asfalto.
Cuanto se pierde del haber querido a quien no lo merecía, piensan los abogados
por cada vista que ganaron defendiendo a arpías y vampiros.
Cuanto se saca del haber hecho lecturas en un poso de café, piensan los mentirosos
por cada idiota al que estafaron un futuro con problemas de dinero.
Y si le cabe una reflexión que poder desvestir de la prosa,
el poeta mide su verso en una barra mirando a una puta y sin quererlo se enamora.
La maldición de los poetas habita en cada paso de cebra
donde sólo cruzan las miradas
y a su paso lento, la hermosura tiene treinta y cinco años y un marido en la oficina.
Nada más tiene el poeta y, quizás un recuerdo en un estante cubierto de polvo
y, una colección de películas en versión original
y, una telaraña de segunda mano para una araña hambrienta de pecados.
La maldición de los poetas se asoma a una ventana en ropa interior
mientras se calza los pendientes y, un anillo por contrato
que por cada vez que rompió, su sonrisa sirvió de reparo para no contar otra mentira.
Nada más tiene el poeta y, quizás un amor en una foto de turista
y, un hueco en la cabeza donde se mueren las primaveras
y, una agenda de teléfonos con las palabras justas para hacer una última llamada.
Javier Susín Acebo.