Melquiades San Juan
Poeta veterano en MP
Los primero que se veía eran las velas color de nube, después aparecía el casco de la nave. Era una visión encantadora. Su marcha lenta, con las velas inflamadas por el viento, como cachetes, le permitía a los viejos marinos adivinar el tiempo aproximado de arribo al puerto. Las campanas sonaban llamando a todos los habitantes de la isla, la gente dejaba todo cuanto estuviera haciendo en ese momento para acudir apresuradamente al puerto. Llevaban a los enfermos en camillas improvisadas, y a los niños en brazos saciados con la leche de los generosos senos para que no lloraran.
Una muchedumbre se aglomeraba frente al largo malecón de madera. El barco quedaba justamente frente a ellos. Arriaban las velas y los tripulantes de la nave se asomaban sobre la borda para mirar a los isleños. Ahí estaban todos ellos, los que se habían marchado, mirando, sonriendo, saludando con la mano y mandando besos amorosos a través del viento. No había lágrimas, no había porque, era un momento de júbilo que se sucedía cada siete años, aprovechando ese extraño viento que les permitía volver a la isla donde habían vivido y después regresar al territorio donde viven los muertos, a esperar otros siete años ese mismo viento, mientras los que se habían quedado allá en la vida se unían con ellos.
Una muchedumbre se aglomeraba frente al largo malecón de madera. El barco quedaba justamente frente a ellos. Arriaban las velas y los tripulantes de la nave se asomaban sobre la borda para mirar a los isleños. Ahí estaban todos ellos, los que se habían marchado, mirando, sonriendo, saludando con la mano y mandando besos amorosos a través del viento. No había lágrimas, no había porque, era un momento de júbilo que se sucedía cada siete años, aprovechando ese extraño viento que les permitía volver a la isla donde habían vivido y después regresar al territorio donde viven los muertos, a esperar otros siete años ese mismo viento, mientras los que se habían quedado allá en la vida se unían con ellos.