La cabellera soberbia de verde teñida de aquella ninfa de los subterráneos bosques cae como una cascada de pulcra luz sobre sus débiles hombros. Ella prueba el dulzor del agua que corretea por las grutas, donde manzanos y perales se inclinan ante la música impasible que mana del manantial puro y juguetón. Entonces, comienza a morder del tiempo que le resta por comer. Antes que ahí fuera, a la intemperie de la magna naturaleza, un muchacho jubiloso y sincero, de buen corazón, le pida la mano en sagrado matrimonio conyugal. Cuando ya está lista para dar el paso sube efervescente en nube de amianto a la superficie, rodeada toda ella por un haz de luz sobrenatural que acongoja de primeras a su amado novio mortal. Pero éste, sobrepuesto, se arrodilla y, ante la luna llena como fiel testigo, le pide la mano temblorosa de nuestra extasiada ninfa en felicidad transmutada. Ella, sonriendo, posa su frente sobre los labios finos del novio y descubre que ha muerto de tanta emoción reconcentrada.