LA NOCHE
Esa tarde la noche guiñó un ojo y dio paso libre al crepúsculo. Se ofreció a todo aquel que lograra vencer sus oscuridades.
Suele la noche encerrarse en sí misma, suelen los nocturnos abrirle todas las puertas.
Pero la noche también tiene ventanas y desde ellas, dependiendo de la altura, uno puede ver las estrellas o estrellarse.
A la noche lo que más le gusta es observarnos.
EL DÍA
El día se levantó perezoso; las nieblas matinales siempre le produjeron artrosis en la mirada y en el cuerpo una sensación de boicot, de perjuicio, de robo a nube armada.
Para el día es muy importante levantarse con el pie derecho y saber que puede contar con el izquierdo para regatear las horas.
Sabe que tiene que atacar, correr, driblar y meterle un gol al calendario.
EL SOL
Al sol nunca le importó la gente; aunque, desde tiempos inmemoriales, fuera proclamado rey y Dios de todos los mortales. Al sol solo le preocupa el calor interno que siente, el paso de los siglos y su “megafín”.
Hasta los grandes dioses y astros tienen, y temen, la seguridad de que han de dejar de serlo.
LA LUNA
La luna escribió una noche un poema de amor que decía la noche mientras observaba su lado oscuro.
Fue muy leído y hubo comentarios entre las nubes.
Muchas estrellas, guiñando un ojo, le dieron un “me gusta”. Pero la luna, que no es tan enamoradiza como se cree, a partir de entonces se pasó a la prosa.
El orden de los micros tienen su mérito.
Encantadores. Me cautivó el cierre: La Luna,
es muy risueño...
Un gusto, Alonso.
Besos