Évano
Libre, sin dioses.
Iba sentado en el borde de una nube.
El viento impactaba en mi rostro
y los pájaros volaban a lo suyo.
Debajo, el mundo, poco a poco crecía,
y qué difícil es crecer, sobrevivir,
luchar por un hueco entre los rayos del sol.
 
Adentraban al mar unas ovejas.
El agua las iba cubriendo
y ellas no paraban de avanzar.
"No son vuestros páramos, gritaba".
Mas no hacían caso, eran guiadas.
Mas yo no veía a la líder:
ningún Neptuno,
ninguna Ninfa,
ningún Dios;
y ellas nunca miraban arriba.
¿Era invisible el hombre que paseaba en la nube?
 
Tanto esfuerzo había en la Tierra,
tanto sudor,
que emanaba el sacrificio hacia arriba,
volviéndose gris y humedad,
formando un ejército de nubes,
tras de mí.
No se puede retener el llanto.
 
Hay una zona prohibida al paso de las nubes,
donde cuerpos de niños pequeños,
que son piel, todo ojos,
miran con pánico e impotentes,
absortos e inertes,
débiles y tiernos, celestiales,
a unos buitres en espera,
a unos buitres que esperan tranquilos a la muerte
para comer y seguir creciendo.
Allí la Tierra arde, como si fuese un infierno,
mas no es infierno,
es el armario donde se acumula y guarda
la avaricia, el egoísmo... la maldad humana.
 
Los veo desde lejos, sentado en la punta de mi nube.
Todo mi pecho titila, mi cuerpo se contrae,
tiembla y revienta para adentro,
creando simas infinitas de vacíos.
 
"No ha de haber perdón".
Es un frase inscrita, en cada piedra de lamento,
en cada lágrima, en cada gota de lluvia
que cae al abismo del alma
y va formando cordilleras
inexpugnables por siempre a todo hombre.
 
Las nubes no van a ningún lugar
ni están a salvo de nada,
simplemente están a la mitad del alma.
 
No quiere uno seguir sentado en una nube de noria.
Toda la belleza posible del mundo
se vuelve negra y fea
después de ver cómo se alimentan los buitres de la Tierra.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
El viento impactaba en mi rostro
y los pájaros volaban a lo suyo.
Debajo, el mundo, poco a poco crecía,
y qué difícil es crecer, sobrevivir,
luchar por un hueco entre los rayos del sol.
 
Adentraban al mar unas ovejas.
El agua las iba cubriendo
y ellas no paraban de avanzar.
"No son vuestros páramos, gritaba".
Mas no hacían caso, eran guiadas.
Mas yo no veía a la líder:
ningún Neptuno,
ninguna Ninfa,
ningún Dios;
y ellas nunca miraban arriba.
¿Era invisible el hombre que paseaba en la nube?
 
Tanto esfuerzo había en la Tierra,
tanto sudor,
que emanaba el sacrificio hacia arriba,
volviéndose gris y humedad,
formando un ejército de nubes,
tras de mí.
No se puede retener el llanto.
 
Hay una zona prohibida al paso de las nubes,
donde cuerpos de niños pequeños,
que son piel, todo ojos,
miran con pánico e impotentes,
absortos e inertes,
débiles y tiernos, celestiales,
a unos buitres en espera,
a unos buitres que esperan tranquilos a la muerte
para comer y seguir creciendo.
Allí la Tierra arde, como si fuese un infierno,
mas no es infierno,
es el armario donde se acumula y guarda
la avaricia, el egoísmo... la maldad humana.
 
Los veo desde lejos, sentado en la punta de mi nube.
Todo mi pecho titila, mi cuerpo se contrae,
tiembla y revienta para adentro,
creando simas infinitas de vacíos.
 
"No ha de haber perdón".
Es un frase inscrita, en cada piedra de lamento,
en cada lágrima, en cada gota de lluvia
que cae al abismo del alma
y va formando cordilleras
inexpugnables por siempre a todo hombre.
 
Las nubes no van a ningún lugar
ni están a salvo de nada,
simplemente están a la mitad del alma.
 
No quiere uno seguir sentado en una nube de noria.
Toda la belleza posible del mundo
se vuelve negra y fea
después de ver cómo se alimentan los buitres de la Tierra.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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