samsahara
Poeta fiel al portal
He sido la escriba del invierno,
la voz que le dicta versos a la depresión
cuando el alma se repliega sobre su herida.
He abrazado a la distimia como a una vieja amiga,
una sombra que me conoce el pulso
y me recuerda quién soy cuando callan las luces.
Mis poemas nacieron del vacío,
de la nostalgia que respira en las paredes,
de los días donde la tristeza era mi única lengua.
Raras veces he escrito al amor —
no por falta de sentirlo—
sino porque nunca supe traducirlo
sin que sonara a rendición.
Hasta que llegaste tú,
y comprendí que el amor no siempre rescata:
a veces solo mira de frente
y respeta el abismo.
Tu cuerpo no fue altar,
fue territorio:
un lugar donde mis manos
dejaron de temerle a la vida.
Recorrí tu piel con la calma
de quien explora un paisaje después de la tormenta,
y en cada roce entendí
que la poesía también podía ser respiración.
Entonces mis manos se volvieron plumas,
y sobre tu piel —esa página viva—
escribí versos que solo el silencio entendía.
Mis dedos eran la tinta,
tu aliento, el ritmo de la estrofa.
Entre tu piel y la mía nació un idioma antiguo,
donde el deseo no era fuego, sino arte,
donde el temblor se volvía palabra,
y el roce, un eco del universo creando forma.
Mis labios recorrieron tu esencia
como quien recita un conjuro,
pronunciando en tu carne el poema
que mi alma no se atrevía a escribir.
Allí comprendí
que el amor puede ser oscuro y aún así sagrado,
y que hay cuerpos que no se poseen: se traducen.
No fui tu devota, fui tu igual.
Te miré desde mi sombra
y encontré reflejos, no cadenas.
Eres una obra que no busqué,
pero que aprendí a escribir sin miedo.
En ti la palabra se hizo carne, no para adorarla,
sino para comprenderla.
Cuando duermes,
no te miro como a un dios,
sino como a un verso que se escribe solo,
como una calma que respira sin pedir permiso.
Tu piel guarda historias,
y mis dedos solo las leen.
No hay fuego que me consuma,
ni luz que me someta:
solo dos cuerpos
que aprenden el idioma de la verdad.
Yo, que siempre escribí con melancolía,
ahora escribo desde un pulso distinto,
más humano, más sincero,
sin promesas ni redenciones.
Porque el amor no me salva —
me revela.
Y si alguna vez este poema perdura,
no será por ti ni por mí,
sino por la belleza que surge
cuando dos sombras deciden tocarse
sin destruirse.
Esa,
y no otra,
es mi obra inmortal.
*Nota* hay amores que merecen quedarse para siempre y que mejor que ser inmortalizados con la tinta de la poesia
la voz que le dicta versos a la depresión
cuando el alma se repliega sobre su herida.
He abrazado a la distimia como a una vieja amiga,
una sombra que me conoce el pulso
y me recuerda quién soy cuando callan las luces.
Mis poemas nacieron del vacío,
de la nostalgia que respira en las paredes,
de los días donde la tristeza era mi única lengua.
Raras veces he escrito al amor —
no por falta de sentirlo—
sino porque nunca supe traducirlo
sin que sonara a rendición.
Hasta que llegaste tú,
y comprendí que el amor no siempre rescata:
a veces solo mira de frente
y respeta el abismo.
Tu cuerpo no fue altar,
fue territorio:
un lugar donde mis manos
dejaron de temerle a la vida.
Recorrí tu piel con la calma
de quien explora un paisaje después de la tormenta,
y en cada roce entendí
que la poesía también podía ser respiración.
Entonces mis manos se volvieron plumas,
y sobre tu piel —esa página viva—
escribí versos que solo el silencio entendía.
Mis dedos eran la tinta,
tu aliento, el ritmo de la estrofa.
Entre tu piel y la mía nació un idioma antiguo,
donde el deseo no era fuego, sino arte,
donde el temblor se volvía palabra,
y el roce, un eco del universo creando forma.
Mis labios recorrieron tu esencia
como quien recita un conjuro,
pronunciando en tu carne el poema
que mi alma no se atrevía a escribir.
Allí comprendí
que el amor puede ser oscuro y aún así sagrado,
y que hay cuerpos que no se poseen: se traducen.
No fui tu devota, fui tu igual.
Te miré desde mi sombra
y encontré reflejos, no cadenas.
Eres una obra que no busqué,
pero que aprendí a escribir sin miedo.
En ti la palabra se hizo carne, no para adorarla,
sino para comprenderla.
Cuando duermes,
no te miro como a un dios,
sino como a un verso que se escribe solo,
como una calma que respira sin pedir permiso.
Tu piel guarda historias,
y mis dedos solo las leen.
No hay fuego que me consuma,
ni luz que me someta:
solo dos cuerpos
que aprenden el idioma de la verdad.
Yo, que siempre escribí con melancolía,
ahora escribo desde un pulso distinto,
más humano, más sincero,
sin promesas ni redenciones.
Porque el amor no me salva —
me revela.
Y si alguna vez este poema perdura,
no será por ti ni por mí,
sino por la belleza que surge
cuando dos sombras deciden tocarse
sin destruirse.
Esa,
y no otra,
es mi obra inmortal.
*Nota* hay amores que merecen quedarse para siempre y que mejor que ser inmortalizados con la tinta de la poesia