Nicolas Bera
Poeta recién llegado
En mi mano derecha porto el pincel que desocó la penuria candente de Dalí en su entero bosque de enfermedad y pureza. En mi mano izquierda meso a una niña de apellido Byron, y que en sus ojos, al trasfondo del infinito y claro destello, veo incalculables tomos de operaciones aritméticas. Todo aquél temperamento se proclama para encender la llama de la soledad entre las hojas. Lienzo de viejas caricias por donde el pensar se vuelve palabra y la candencia del cuerpo se viste de fama. En mi pecho cantaría, cerca del centro, la belleza bostoniana; de pálido busto, miseria que recorre el mundo lentamente, rimando versos de Dickinson y Whitman. Toda la obra cae sobre el techo de mis pies, como roce quiromántico de seda, acotejado por los bordes entrecogidos de tul, la inmensa sábana deshilachada que dispone sus fibras a contraluz, como el calor, la ceguera de otras obras. He encontrado el conjunto oscuro que sostuvo tirando de sus alas al cuervo de Allan Poe. Para mis dos manos, para mis dos piernas: mi pecho formula sobre el cielo, allá sobre las nostalgias, el quehacer de los rincones, por donde se columpia el tiempo, y la obra que se expone.