Me bebo los sueños de un trago y con el vaso golpeo la cabeza de algún bufón
que intenta hacer reír a la tristeza con una mueca de manos vacías.
No te vayas muy lejos que enseguida despierto. Bailamos por romerías,
y veo la sonrisa torcida de algún viejo verde que te mira desde su balcón.
Muerdo los soplidos del viento y le cambio al mercader mi voz por un reloj
de madera y barniz, para que nunca se pudra nuestro tiempo.
Los mercachifles intentan vender el saber y el alma de una paloma
a los berzotas de la plazuela de los sueños inocentes donde todos van y todos vienen.
Sueño con el sol punzándome la cara a quemarropa tumbado yo en la cama,
mientras tú a mi lado recoges retazos de mi alma escondidos bajo el colchón
y en el rellano de la escalera, el mismo sol nos sorprende con la escandalera.
En la plazuela, un trovador le canta a la luna la canción que nunca escribió,
llora una emperatriz porque en su cabello no volverán a posarse broches de oro.
Los truhanes compran los sueños a cambio del elixir de la imposibilidad
a los ingenuos de la plazuela de los sueños inocentes, donde todos van y todos vienen.
Los falderos disimulan sus anillos para arrullar a la diosa de la fertilidad,
y el viejo verde los atisba con mueca reticente y frialdad.
Yo sueño que todos los soñadores se ven cada noche
en la plazuela de los sueños inocentes, donde todos van y ninguno vuelve.
que intenta hacer reír a la tristeza con una mueca de manos vacías.
No te vayas muy lejos que enseguida despierto. Bailamos por romerías,
y veo la sonrisa torcida de algún viejo verde que te mira desde su balcón.
Muerdo los soplidos del viento y le cambio al mercader mi voz por un reloj
de madera y barniz, para que nunca se pudra nuestro tiempo.
Los mercachifles intentan vender el saber y el alma de una paloma
a los berzotas de la plazuela de los sueños inocentes donde todos van y todos vienen.
Sueño con el sol punzándome la cara a quemarropa tumbado yo en la cama,
mientras tú a mi lado recoges retazos de mi alma escondidos bajo el colchón
y en el rellano de la escalera, el mismo sol nos sorprende con la escandalera.
En la plazuela, un trovador le canta a la luna la canción que nunca escribió,
llora una emperatriz porque en su cabello no volverán a posarse broches de oro.
Los truhanes compran los sueños a cambio del elixir de la imposibilidad
a los ingenuos de la plazuela de los sueños inocentes, donde todos van y todos vienen.
Los falderos disimulan sus anillos para arrullar a la diosa de la fertilidad,
y el viejo verde los atisba con mueca reticente y frialdad.
Yo sueño que todos los soñadores se ven cada noche
en la plazuela de los sueños inocentes, donde todos van y ninguno vuelve.
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