Te hallé una noche
convencido de que no estabas,
y consciente de que yo para ti
ni existía.
En la jungla de aquel verano
te aceché agazapado como
un tigre en la espesura
Expectante y silencioso como
un búho en su invisible atalaya;
fijando entre cabezas el sentido
de tus expresiones, y el misterio
egipcio que tu sonrisa irradiaba.
Y me acerqué como un guepardo
a una frágil gacela;
mimetizando mis intenciones entre
el pasto de la sabana.
Recogiendo del cálido viento,
igual que un lobo, el rastro de
tu piel de presa.
Imaginando a cada paso
el color de tu voz,
y el sabor de tus entrañas.
Aquella noche te degustaron
mis oídos de lechuza, hasta el
más mínimo de tus sonidos
delataba sin remedio la dulzura
oculta en tu cuerpo.
Adivinaron mis ojos de halcón
lo adictivo de tus formas de
serpiente alada.
Y caí rendido sobre tu ausencia,
aferrado a las sobras de tus
palabras aún sinuosas y abismales.
Maldije tantas veces aquel intento
fallido de cazador primerizo.
Aunque siempre supe,
de alguna manera, que mi instinto
depredador era más fuerte que los
que te alertaban.
Y que una noche te abatiría,
y de tu cuello entregado
te subiría a un árbol,
como un leopardo,
para devorarte toda la vida.
convencido de que no estabas,
y consciente de que yo para ti
ni existía.
En la jungla de aquel verano
te aceché agazapado como
un tigre en la espesura
Expectante y silencioso como
un búho en su invisible atalaya;
fijando entre cabezas el sentido
de tus expresiones, y el misterio
egipcio que tu sonrisa irradiaba.
Y me acerqué como un guepardo
a una frágil gacela;
mimetizando mis intenciones entre
el pasto de la sabana.
Recogiendo del cálido viento,
igual que un lobo, el rastro de
tu piel de presa.
Imaginando a cada paso
el color de tu voz,
y el sabor de tus entrañas.
Aquella noche te degustaron
mis oídos de lechuza, hasta el
más mínimo de tus sonidos
delataba sin remedio la dulzura
oculta en tu cuerpo.
Adivinaron mis ojos de halcón
lo adictivo de tus formas de
serpiente alada.
Y caí rendido sobre tu ausencia,
aferrado a las sobras de tus
palabras aún sinuosas y abismales.
Maldije tantas veces aquel intento
fallido de cazador primerizo.
Aunque siempre supe,
de alguna manera, que mi instinto
depredador era más fuerte que los
que te alertaban.
Y que una noche te abatiría,
y de tu cuello entregado
te subiría a un árbol,
como un leopardo,
para devorarte toda la vida.