Y que absurdo parece todo
cuando alzas la vista al suelo,
después de maldecir las ansias,
sin estrellas a las
que hipotecar un deseo,
y marcas un círculo de lágrimas
ensangrentadas por el último verso,
cuando ni siquiera te sientes en casa,
y ni siquiera te quedan recuerdos.
El humo,
la brisa
que tumba ángeles caídos
bajo la sombra de algún anhelo,
el roto del corazón
en algún momento de la trama...
cuando tus propias mentiras
dejan de ser la medicina del alma.
Con ese tenue olor a incienso,
se borra la suave calma
que tu mismo te moldeaste,
esa que te iba a llevar lejos,
y no supo dejar libre la salida,
impregnada por un gramito de estiércol,
de falsas promesas con olor a vino,
de quimeras que se van de copas con el viento,
de quimeras que no pueden dejar de ser
un puñado de inocentes deseos.
Y claro, lo racionalizas.
Lo llevas de paseo al tercero,
que es el pisito más lejano de Dios,
entre la amargura y los viejos cuentos,
con un perro aún por evolucionar,
ahí va una nueva ración
de cruda sinrazón
con recibo y retraso.
Te lo crees,
al menos durante un tercio de momento,
y como duele saber que no eres nada,
nada más cerca del desierto
que la voz rasgada que surge
del último rincón de tu cerebro,
el eco que te enseña la madrugada
después de haber estado toda la noche despierto.
Y claro, lloras.
Pero de verdad,
en silencio.
Sin gesticular.
Sólo por adentro.
Las preguntas, los quizás,
y no sería tan malo estar muerto...
que la función es cosa de dos,
de miradas entrelazadas, ajenas al mundo,
y tienes la sensación de que siempre eres el tercero.
Y a dormir,
y a olvidar heridas con el narcótico
analgésico del tiempo,
y a pasear, y a sonreir,
y a vivir,
y a disfrutar con la mejor careta
que nos permite la lúgubre traducción de las ojeras.
Y una vez insano, vuelta a empezar.
Y que absurdo es todo,
cuando te convences que va a volver a llamar,
cuando simulas una y otra vez el recuentro,
cuando planeas decirle te quiero,
cuando dibujas con dulce compás
la forma más etérea de robarle el primer beso.
Y que absurdo es todo,
que vacío,
que vulgar,
que puta es la realidad,
empeñada en robarte uno a uno los sueños.
cuando alzas la vista al suelo,
después de maldecir las ansias,
sin estrellas a las
que hipotecar un deseo,
y marcas un círculo de lágrimas
ensangrentadas por el último verso,
cuando ni siquiera te sientes en casa,
y ni siquiera te quedan recuerdos.
El humo,
la brisa
que tumba ángeles caídos
bajo la sombra de algún anhelo,
el roto del corazón
en algún momento de la trama...
cuando tus propias mentiras
dejan de ser la medicina del alma.
Con ese tenue olor a incienso,
se borra la suave calma
que tu mismo te moldeaste,
esa que te iba a llevar lejos,
y no supo dejar libre la salida,
impregnada por un gramito de estiércol,
de falsas promesas con olor a vino,
de quimeras que se van de copas con el viento,
de quimeras que no pueden dejar de ser
un puñado de inocentes deseos.
Y claro, lo racionalizas.
Lo llevas de paseo al tercero,
que es el pisito más lejano de Dios,
entre la amargura y los viejos cuentos,
con un perro aún por evolucionar,
ahí va una nueva ración
de cruda sinrazón
con recibo y retraso.
Te lo crees,
al menos durante un tercio de momento,
y como duele saber que no eres nada,
nada más cerca del desierto
que la voz rasgada que surge
del último rincón de tu cerebro,
el eco que te enseña la madrugada
después de haber estado toda la noche despierto.
Y claro, lloras.
Pero de verdad,
en silencio.
Sin gesticular.
Sólo por adentro.
Las preguntas, los quizás,
y no sería tan malo estar muerto...
que la función es cosa de dos,
de miradas entrelazadas, ajenas al mundo,
y tienes la sensación de que siempre eres el tercero.
Y a dormir,
y a olvidar heridas con el narcótico
analgésico del tiempo,
y a pasear, y a sonreir,
y a vivir,
y a disfrutar con la mejor careta
que nos permite la lúgubre traducción de las ojeras.
Y una vez insano, vuelta a empezar.
Y que absurdo es todo,
cuando te convences que va a volver a llamar,
cuando simulas una y otra vez el recuentro,
cuando planeas decirle te quiero,
cuando dibujas con dulce compás
la forma más etérea de robarle el primer beso.
Y que absurdo es todo,
que vacío,
que vulgar,
que puta es la realidad,
empeñada en robarte uno a uno los sueños.