rasec anevar
Poeta recién llegado
La señora Inés ya no podía cocinar y su transito por la casa había desaparecido.
Antaño las tablas del segundo piso crujían con su caminar
y bajaba las escaleras subiéndose el vestido a media pierna.
Buscaba en su patio un Manto de Eva que hace tiempo no encontraba.
Las baldosas del jardín habían cambiado a terracota
y le disgustaba sentirse extraña en ese color.
Cada viernes por la noche encendía cuatro velas para las animas,
estaba segura de escucharlas por la casa; mas que susto,
sentía orgullo de las visitas invisibles.
No comía como antes, los aromas se le habían vuelto dispersos
y solo olía las cosas con la memoria.
De fechas, solo entendía noches y días.
Le gustaba quedarse en una esquina del jardín, rezándole a su virgen de yeso.
Antes su mundo era la casa, ahora la casa era el mundo entero.
Un viernes se descubrió junto a cuatro velas que no había encendido
y con la cera endurecida en sus polleras.
Un crujir de tablas se escuchaba del segundo piso.
La señora Inés dormía.
Antaño las tablas del segundo piso crujían con su caminar
y bajaba las escaleras subiéndose el vestido a media pierna.
Buscaba en su patio un Manto de Eva que hace tiempo no encontraba.
Las baldosas del jardín habían cambiado a terracota
y le disgustaba sentirse extraña en ese color.
Cada viernes por la noche encendía cuatro velas para las animas,
estaba segura de escucharlas por la casa; mas que susto,
sentía orgullo de las visitas invisibles.
No comía como antes, los aromas se le habían vuelto dispersos
y solo olía las cosas con la memoria.
De fechas, solo entendía noches y días.
Le gustaba quedarse en una esquina del jardín, rezándole a su virgen de yeso.
Antes su mundo era la casa, ahora la casa era el mundo entero.
Un viernes se descubrió junto a cuatro velas que no había encendido
y con la cera endurecida en sus polleras.
Un crujir de tablas se escuchaba del segundo piso.
La señora Inés dormía.