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La Siega: Parte 1

Tema en 'Fantásticos, C. Ficción, terror, aventura, intriga' comenzado por Kein Williams, 22 de Enero de 2026 a las 10:31 AM. Respuestas: 0 | Visitas: 14

  1. Kein Williams

    Kein Williams Poeta fiel al portal

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    El pueblo de Nueva Lorilla no figura en los mapas desde hace más de cincuenta años.

    Las carreteras que una vez lo unían al mundo se deshicieron en barro y ortigas, y los autobuses dejaron de pasar cuando yo todavía llevaba trenzas. Aquí nací, aquí crecí, aquí me casé con Ana y aquí enterramos al hijo que adoptamos y que no llegó a cumplir los tres meses. Aquí, cada otoño, celebramos la Fiesta de la Siega.

    Todos saben lo que es, aunque nadie lo llame por su nombre verdadero. Se habla de «la suerte», de «el honor», de «lo que la tierra pide». Los niños dibujan espigas rojas en los cuadernos y las madres cosen vestidos nuevos que solo se usarán una vez. El día anterior, el aire huele a pan recién horneado y a miedo contenido.

    Este año el sorteo fue el veintitrés de septiembre, bajo el roble torcido de la plaza. Don Anselmo, el alcalde desde antes de que yo naciera, metió la mano en la urna de madera de olivo que talló su abuelo. Yo estaba allí, como siempre, con la espalda apoyada en la fuente seca. Ana me apretaba el brazo tan fuerte que aún conservo la marca.

    Sacó el papel. Lo desplegó despacio, como quien abre una carta que ya sabe mala.

    —Clara Expósito—dijo.

    Mi nombre de soltera. El que dejé de usar cuando me casé. El que nadie pronunciaba desde hacía quince años.

    Se hizo un silencio tan denso que oí crujir las hojas secas bajo mis zapatos. Luego llegaron los aplausos. Primero tímidos, después fuertes, casi alegres.

    Mi vecina Remedios me abrazó llorando de emoción. «¡Qué orgullo, hija, qué orgullo!», repetía. El señor cura levantó las manos al cielo dando gracias. Los niños corrían en círculos cantando la canción que todos conocemos desde la cuna:

    Una espiga para la tierra,
    Una vida para el pan,
    Quien la da con amor
    Nunca morirá.

    Ana no lloró. Solo me miró como si de pronto yo fuera una extraña que llevara mi cara. Después se alejó caminando hacia casa sin volverse.

    Esa noche nadie durmió en el pueblo. Las luces permanecieron encendidas hasta el amanecer. Escuché pasos en la calle, voces bajas, puertas que se abrían y cerraban. Alguien dejó un ramo de romero en mi ventana. Otro, una hogaza de pan todavía caliente. Regalos para la elegida. Para la que pronto dejaría de ser.

    Al día siguiente vinieron a buscarme al alba. Eran los mismos que el año pasado habían llevado a Tomás el herrero, el que antes reía tan fuerte en la taberna. Vestían de negro, con las caras lavadas y serias. Mi madre iba entre ellos. No me miró a los ojos cuando me tomó de la mano.

    —Has tenido una vida buena, hija—dijo. Más larga que muchos.

    Ella tiene sesenta y dos años. Ya quisiera llegar a su edad al menos.

    Caminamos por el sendero del bosque hasta el claro donde está la piedra. La misma desde siempre. Lisa, negra, con una grieta en el centro que parece una boca abierta. Allí me hicieron sentar. Me quitaron los zapatos. Me peinaron el pelo como cuando era niña. Me pusieron el vestido blanco que mi abuela llevó en el treinta y siete, el mismo que llevó mi tía Lucía en el sesenta y cuatro, el mismo que llevó la pobre Marisol hace solo siete años.

    El pueblo entero formó un círculo. Cien, tal vez ciento veinte personas. Rostros que conozco desde siempre. El cartero. La maestra. El médico que trajo al mundo a mi hijo adoptivo muerto. Todos cantaban bajito, con esa melodía antigua que se pierde entre los árboles.

    Don Anselmo se acercó con el cuchillo de sílex. Lo saca solo una vez al año y lo afila él mismo. Me miró con algo que podría haber sido pena si no supiera que él mismo había metido mi papel en la urna.

    —Es por los niños, Clara—murmuró. Por las cosechas. Ya lo sabes.

    Asentí. ¿Qué otra cosa podía hacer? Si me resistía, dirían que era egoísta. Que no amaba al pueblo. Que no merecía haber vivido tanto.

    El cuchillo era frío contra mi garganta. Cerré los ojos. Pensé en Ana, en cómo olería nuestra casa ahora, vacía. Pensé en mi hijo que nunca caminó. Pensé en todas las veces que había aplaudido cuando sacaban otro nombre.
    Entonces lo entendí, con una claridad que duele más que el filo.

    Nunca ha sido la tierra la que pide sangre.

    Somos nosotros.

    El cuchillo se alzó.

    Y el pueblo cantó más fuerte, para que yo no pueda oír.
     
    #1

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