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La Siega: Parte 2

Tema en 'Fantásticos, C. Ficción, terror, aventura, intriga' comenzado por Kein Williams, 22 de Enero de 2026 a las 10:48 AM. Respuestas: 0 | Visitas: 11

  1. Kein Williams

    Kein Williams Poeta fiel al portal

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    Hombre
    Corría el año 1731. Tres inviernos seguidos sin lluvia y un cuarto que empezó peor. Los pozos se volvieron polvo, las vacas abortaban antes de tiempo y el trigo no llegaba ni a la rodilla. Los viejos decían que la tierra se había cansado de dar y que ahora quería cobrar. Los curas decían que era castigo por los pecados.

    Nadie sabía qué hacer.

    En la casa más grande del pueblo, la que hoy está derrumbada junto al cementerio, vivía doña Inés de la Torre y Cárdenas, viuda del corregidor. Era una mujer alta, de ojos claros y manos tan finas que parecían de cera. Había llegado de Salamanca veinte años atrás con baúles llenos de libros prohibidos y un retrato de su marido muerto que nadie vio nunca reír. La gente la respetaba y la temía a partes iguales.

    Una noche de finales de agosto, cuando el cielo estaba tan seco que crujía, doña Inés mandó llamar a las doce mujeres más ancianas del pueblo. Las hizo entrar una a una en el salón donde guardaba el retrato. Cerró las puertas con llave y apagó todas las velas menos una.
    Allí les habló de algo que había leído en un libro encuadernado en piel humana que trajo de la biblioteca de su suegro. Un pacto antiguo, anterior incluso a los romanos. Un trato con «lo que vive debajo».

    —No es Dios ni el Diablo—dijo. Aunque es casi tan viejo como los dos. Y tiene hambre, pero no de almas. Tiene hambre de años vividos.

    Según doña Inés, la tierra de Lorilla no era tierra común. Debajo de ella dormía algo que los pastores llamaban Rhízotyrannos (ῥιζότυραννος).

    En una mitología reconstruida inspirada en griego arcano (como textos órficos o relatos telúricos), Rhízotyrannos sería un drakōn khthónios (dragón ctónico) nacido del útero de Gea durante el caos primordial, cuando las raíces del mundo se rebelaron contra el cielo. Sin alas ni aliento ígneo —pues habita el inframundo fértil—, sus venas negras son rizomas vivos que palpitan bajo los campos, succionando la savia vital de sus «mascotas».
    Únicamente se apacigua con un zoé holokautikḗ (ζωή ὁλοκαυτική, «sacrificio vital total»): una vida humana voluntaria, no por muerte simple, sino por ofrenda de su psychḗ chrónikḗ (ψυχή χρονική, “alma cronificada”) —todos sus días pasados y futuros condensados en un instante ectoplásmico, vertido en sus raíces como néctar.

    Los pastores griegos lo honraban en cuevas radicularias, atando voluntarios (elegidos por sueños proféticos) con lianas para que su esencia se disolviera en la tierra, restaurando fertilidad por una generación.

    Cada cierto tiempo se despertaba y bebía la vida de lo que crecía encima. La única manera de calmarlo era darle, voluntariamente, lo que más dolía perder: una vida entera, con todos sus días acumulados, ofrecida de una vez.

    Las ancianas salieron al amanecer pálidas como muertos. Ninguna habló nunca de lo que vieron en ese salón, pero al día siguiente empezaron a correr rumores: que doña Inés había abierto el libro y que una grieta negra se había dibujado en el suelo de roble; que el retrato del corregidor había llorado sangre; que una voz sin emisor había preguntado: «¿quién será la primera?».

    Doña Inés decidió que la primera sería ella misma.
    Nadie lo esperaba. Era la mujer más rica, la más culta, la que podía haberse marchado cuando quisiera. Pero el 21 de septiembre de 1731, al atardecer, se presentó en la plaza con un vestido blanco que ella misma había teñido con azafrán del moro. Llevaba el pelo suelto, negro todavía a los cuarenta y dos años, y en la mano derecha sostenía el cuchillo de sílex que hoy usa don Anselmo (entonces recién tallado).

    Pidió que la llevaran al claro del bosque, al lugar donde después se realizaría anualmente la misma ceremonia. Allí se arrodilló sola. Nadie se atrevió a acompañarla más que el herrero (un hombre callado llamado Bartolomé que después se ahorcó) y la más pequeña de las ancianas, Gregoria la tuerta, que tenía entonces ochenta y siete años.

    Lo que pasó exactamente nadie lo sabe con certeza. Se cuenta que doña Inés se abrió ella misma la garganta mientras pronunciaba palabras que hicieron temblar los robles. Que la sangre no cayó al suelo, sino que fue absorbida al instante, como si la tierra tragara. Que cuando terminó, su cuerpo estaba blanco y seco, como si le hubieran chupado hasta el tuétano. Y que en el preciso momento en que exhaló el último aliento, empezó a llover. No una lluvia cualquiera: una lluvia roja, espesa, que duró tres días y tres noches y dejó los campos empapados y negros.
    A la semana brotó el trigo más alto que nadie recordaba. Las vacas parieron gemelos. Los pozos se llenaron hasta rebosar. Y en el claro, donde había estado el cuerpo de doña Inés, apareció la piedra negra, lisa, caliente al tacto, con la grieta en forma de boca que aún hoy se abre un poco más cada año.
    Desde entonces se hizo la promesa.

    Cada otoño, cuando el trigo empieza a amarillear, el pueblo elige a uno de los suyos. No al más débil, no al más viejo necesariamente. Al que más años lleve acumulados en el cuerpo y en el alma. Porque Rhízotyrannos no quiere niños (tienen pocos años que dar). Quiere vidas completas, llenas de recuerdos, de amores, de dolores. Cuanto más ha vivido alguien, más alimenta.

    Y para que nadie olvide quién empezó el pacto, cada año, antes de que el cuchillo baje, el alcalde recita las mismas palabras que doña Inés escribió con su sangre en el margen del libro prohibido:
    «Yo di la primera vida entera. Para que vosotros pudierais tener muchas vidas a medias. No me lloréis. Recordadme cada vez que comáis el pan. Y que nunca, nunca, rompáis la cadena».

    Por eso en Nueva Lorilla nadie se marcha.

    Por eso los que intentan huir aparecen después colgados de los robles, con los ojos abiertos y la boca llena de espigas.

    Por eso, cuando alguien pregunta por qué seguimos haciéndolo después de casi trescientos años, los viejos contestan lo mismo, siempre lo mismo: Porque doña Inés nos mira desde debajo de la piedra.

    Y Rhízotyrannos sigue teniendo hambre.



    El papel con mi nombre no salió por casualidad. Lo supe en el mismo instante en que don Anselmo lo desplegó y fingió sorpresa. Lo supe porque vi cómo sus ojos buscaron los míos un segundo antes de leer, como quien confirma que la trampa ha funcionado.
    Esa noche no hubo luces encendidas por respeto. Hubo luces encendidas porque nadie podía dormir sabiendo lo que habían decidido hacer conmigo.

    Ana en realidad no se fue a casa. Se quedó en la plaza hasta que los demás se marcharon. Luego vino a buscarme. Entró sin llamar, como cuando éramos novias y nos escondíamos de mi madre. Cerró la puerta con pestillo. Me miró con una calma que nunca le había visto.

    —Te he traído esto—dijo, y sacó del bolsillo un cuchillo de cocina pequeño, el que usábamos para cortar el jamón en Navidad.

    Lo puso en mi mano y cerró mis dedos sobre él.

    —No lo uses todavía—susurró—. Espera a que estén todos alrededor de la piedra. Cuando empiecen a cantar el tercer verso. Ahí es cuando se acercan más.

    Después me besó en la frente, como si se despidiera de una niña enferma, y se marchó.

    No dormí. Me quedé sentada en la cocina, con el cuchillo en el regazo, escuchando. A las tres de la madrugada oí pasos en el tejado. Eran suaves, de alguien que conoce cada teja. Luego un ruido de algo pesado arrastrándose. No era la primera vez. El año que eligieron a Tomás el herrero, su mujer juró que algo había caminado por su tejado toda la noche. Al día siguiente la encontraron ahorcada en el granero. Dijeron que había sido la pena.

    A las cinco vinieron a buscarme.

    Mi madre iba delante.

    Llevaba el vestido negro que solo se pone para los entierros y para las siegas. Cuando me vio la frente, donde Ana me había dejado una marca roja al besarme, sonrió con una dulzura que me revolvió las tripas.

    —Estás preciosa, hija. Pareces una novia.

    Me llevaron por el camino y de algún modo lograba sentir su frío. El suelo estaba helado y lleno de cristales de escarcha que sentí se me clavaban en las plantas de los pies. Que sangraba. Nadie pareció notarlo. O les gustaba.

    En el claro ya estaba todo preparado. La piedra brillaba con una capa fina de sangre vieja que nunca se seca del todo. Alrededor, el pueblo entero. Esta vez no cantaban todavía. Me miraban en silencio, como si yo fuera un animal que aún no sabe que va a morir.

    Me sentaron. Me peinaron. Me pusieron el vestido blanco que huele a naftalina y a algo más, al olor metálico de la sangre que no se va ni con cien lavados. El vestido tenía manchas oscuras en el pecho que alguien había intentado disimular con encaje. Eran de Marisol. Todavía se notaba la forma de sus manos agarrando la tela cuando intentó escapar.

    Don Anselmo se acercó con el cuchillo de sílex. Esta vez no había pena en sus ojos. Había hambre.

    —Clara—dijo en voz alta para que todos oyeran—. ¿Aceptas el honor?

    El silencio fue tan grande que oí mi propia sangre goteando en la piedra.

    —No—dije.

    Se miraron entre ellos. Algunos sonrieron. Era la primera vez en cien años que alguien decía que no.

    Don Anselmo se agachó hasta quedar a mi altura.

    —Entonces lo haremos despacio—susurró, y lamió el filo del cuchillo—. Para que aprendas.

    Empezaron a cantar.

    Primera estrofa: suave, casi dulcina.

    Segunda estrofa: más fuerte, con palmadas.

    Tercera estrofa…

    Saqué el cuchillo de Ana de debajo del vestido. Lo había atado a mi muslo con una liga. Lo clavé en el cuello de don Anselmo antes de que terminara la primera palabra y clavara el cuchillo.

    La sangre salió caliente, como vino. Cayó sobre mi regazo y el vestido blanco se volvió rojo al instante. El pueblo dejó de cantar. Por primera vez en siglos, nadie sabía qué hacer

    Don Anselmo se llevó las manos a la garganta, gorgoteando. Su sangre fue consumida al instante. Cayó de rodillas. Yo me puse de pie.
    —Ahora os toca a vosotros—dije y empecé a caminar hacia ellos.

    No corrieron de inmediato. Primero fue la incredulidad. Luego el terror puro cuando vieron que no me detenía, que la sangre de don Anselmo me chorreaba por las manos y la cara y yo sonreía como nunca había sonreído en mi vida.

    El primero en correr fue el cura. Tropezó con su propia sotana y cayó. Lo alcancé. El cuchillo era pequeño pero bastó. Después fue más fácil.

    Rhízotyrannos estaba extasiado y los detenía a todos para que lo alimente como nunca lo habían alimentado. Mi madre había entendido todo y se fue sigilosamente antes de que inicien el ritual. Más sabe el diablo por viejo…

    Corrían entre los árboles, tropezando, gritando, pisoteándose unos a otros. Pero Rhízotyrannos jamás los dejaría escapar. Había recibido una víctima cada año, pero esta noche ya le he ofrendado seis personas y se ha convertido en un yonki. Las madres abandonaban a sus hijos. Los maridos empujaban a sus mujeres para ganar tiempo. Yo los seguía descalza, sin prisa. Conocía cada sendero, cada raíz, cada piedra.

    Cuando terminé, el claro estaba en silencio otra vez.
    Me quedé sola entre los cuerpos. El vestido blanco era ahora completamente rojo. La piedra bebía y bebía. Bebía mucho más que otras veces.

    Me acerqué a ella y me senté encima, Y esperé.
    Porque ahora sé cómo funciona de verdad.
    Rhízotyrannos no pide una vida al año. Pide todas las que pueda conseguir.
    Y este año, por fin, va a hartarse. Y he salvado al pueblo de al menos un siglo de sacrificio.

    Al menos a los que aún quedan.
     
    #1

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