La siega.
Cesó de sentirse de la suave brisa,
su mansa caricia.
Invisible toque
el que de la herida el dolor apaciguaba.
Contemplativa y amada calma.
Latigazos de un viento repentino
huracán inmisericorde
azotaron con sevicia la espalda
la que al abrirse heridas viejas
se encorvaba cómo una hoz.
Voló de nuevo al aire la guadaña
malezas los brazos, las piernas
la cabeza, los dedos y las entrañas.
Arrancado cultivo
el vientre abierto, repleto de peces
y sobre las costillas
buitres y cuervos blancos
tan blancos cómo la muerte
en disputa por un pedazo de mi corazón.
Desparramado sobre el arado
cómo una rara semilla un cráneo amarillento.
Rayos y truenos haciendo nido para los pájaros
en las cuencas de los ojos.
Anacondas escondidas en los oídos
dragones azules, buscando la lengua
a mordiscos y empellones,
sin encontrar fugitiva en algún lugar del cosmos
escondida por el miedo
tiritando de frío y de angustia
a una blanca paloma
la que sonriendo se escapó
llevándose en sus alas:
mi alma…
L.O.D.M.
Julio del 1006
cohelett.
