Poeta solitario
Poeta recién llegado
La sigo amando.
Me deslicé en su cuerpo,
me adentré en el calor de su vientre,
me arropé con su brazos delicados,
la besé tan apasionadamente.
Regresó a mí por un momento;
efímero, pero tan suficiente
para hacerme ver que nunca la olvidé;
bastante para darme cuenta
que la sigo amando, como en mi juventud la amé.
De nuevo llégó,
también así se marchó,
me dejó con esa ilusión de amarla siempre,
de postrarme ante ella,
ya sin dolor,
ya sin la angustía de pensar
que no la volveré a ver.
La sigo amando;
aunque no haya entregado a mi su cuerpo,
aun cuando no haya entregado a mi su vida,
la seguiré amando,
porque mi destino
estaba marcado con esa señal
indeleble, esa marca
que en el tiempo no pudé borrar,
y, aún presente,
me recuerda que no la dejare de amar.
Me deslicé en su cuerpo,
me adentré en el calor de su vientre,
me arropé con su brazos delicados,
la besé tan apasionadamente.
Regresó a mí por un momento;
efímero, pero tan suficiente
para hacerme ver que nunca la olvidé;
bastante para darme cuenta
que la sigo amando, como en mi juventud la amé.
De nuevo llégó,
también así se marchó,
me dejó con esa ilusión de amarla siempre,
de postrarme ante ella,
ya sin dolor,
ya sin la angustía de pensar
que no la volveré a ver.
La sigo amando;
aunque no haya entregado a mi su cuerpo,
aun cuando no haya entregado a mi su vida,
la seguiré amando,
porque mi destino
estaba marcado con esa señal
indeleble, esa marca
que en el tiempo no pudé borrar,
y, aún presente,
me recuerda que no la dejare de amar.