laureano
Poeta que considera el portal su segunda casa
La sonrisa de un charco
Mientras va corriendo por la calle, un hombre tropieza y cae; los paseantes ríen (Enrique Bergson)
Iba corriendo por la calle un día de lluvia; de pronto resbale gracias a la sonrisa de un charco y todos los señores y todas las señoras que cubrían sus cuerpos con paraguas, comenzaron a morir a carcajada.
Sin embargo días después de ese triste resbalo, se largo tormenta y con ella la lluvia y el granizo; entonces decidí no salir a correr para no volver a lastimarme; de pronto escuche ruidos que venían como violentos silbidos de granizos, desde la calle, entonces asome mi cabeza por la ventana y mis ojos malditos murieron de risa al ver a los señores y a las señoras de los paraguas sufrir por piedrazos que el cielo lanzaba.
Corrían, corrían, corrían para que las blancas piedritas no los alcanzaran, a la vez mis labios reían.
Tropezaban sus pies de zapatos marrones y al fin lloraban, lloraban, lloraban por golpear sus rodillas en el pavimento mientras reía desde el cristal empañado de mi ventana por las lagrimas de sus ojos que ni gotas de lluvia lograban lavar.
Mientras va corriendo por la calle, un hombre tropieza y cae; los paseantes ríen (Enrique Bergson)
Iba corriendo por la calle un día de lluvia; de pronto resbale gracias a la sonrisa de un charco y todos los señores y todas las señoras que cubrían sus cuerpos con paraguas, comenzaron a morir a carcajada.
Sin embargo días después de ese triste resbalo, se largo tormenta y con ella la lluvia y el granizo; entonces decidí no salir a correr para no volver a lastimarme; de pronto escuche ruidos que venían como violentos silbidos de granizos, desde la calle, entonces asome mi cabeza por la ventana y mis ojos malditos murieron de risa al ver a los señores y a las señoras de los paraguas sufrir por piedrazos que el cielo lanzaba.
Corrían, corrían, corrían para que las blancas piedritas no los alcanzaran, a la vez mis labios reían.
Tropezaban sus pies de zapatos marrones y al fin lloraban, lloraban, lloraban por golpear sus rodillas en el pavimento mientras reía desde el cristal empañado de mi ventana por las lagrimas de sus ojos que ni gotas de lluvia lograban lavar.