José Ignacio Ayuso Diez
Epicuro y la ataraxia, sin miedos ...
Hoy paseaba por el bosque disfrutando del juego de luces y colores que los rayos del sol me ofrecían desinteresadamente. Y así, de sopetón, me topé con un ciego sentado sobre una silla de ruedas. Mi subconsciente me dio una palmadita de egoístas sensaciones “¡Qué bien que puedo ver y caminar!”. Sin aviso, el día se oscureció con sombras tenebrosas y del suelo emergieron raíces de punta, sin que yo pudiera dar un paso más, a menos, de quedar ensartado en esas afiladas ballestas naturales. El ciego seguía sin inmutarse y aprecié en él una leve sonrisa, sin articular palabra. Entonces, le pregunté a mi subconsciente: “¿Para qué me ha servido la soberbia?” … y el duende del bosque me contestó: “¡Para nada bueno!”
El ciego me miraba. Me sentí avergonzado.
No dejes que las apariencias tengan más peso del debido en el caminar de tu vida.
El ciego me miraba. Me sentí avergonzado.
No dejes que las apariencias tengan más peso del debido en el caminar de tu vida.