La sonrisa del ciego.

José Ignacio Ayuso Diez

Epicuro y la ataraxia, sin miedos ...
Hoy paseaba por el bosque disfrutando del juego de luces y colores que los rayos del sol me ofrecían desinteresadamente. Y así, de sopetón, me topé con un ciego sentado sobre una silla de ruedas. Mi subconsciente me dio una palmadita de egoístas sensaciones “¡Qué bien que puedo ver y caminar!”. Sin aviso, el día se oscureció con sombras tenebrosas y del suelo emergieron raíces de punta, sin que yo pudiera dar un paso más, a menos, de quedar ensartado en esas afiladas ballestas naturales. El ciego seguía sin inmutarse y aprecié en él una leve sonrisa, sin articular palabra. Entonces, le pregunté a mi subconsciente: “¿Para qué me ha servido la soberbia?” … y el duende del bosque me contestó: “¡Para nada bueno!”
El ciego me miraba. Me sentí avergonzado.
No dejes que las apariencias tengan más peso del debido en el caminar de tu vida.
 
Como todo en la vida... buena lección.
Un gusto leerte, saludos cordiales.

PD. Buena foto.

Muchas gracias Alecctriplem por tu comentario y por tu paso y tiempo dedicado a la lectura. A veces, la supuesta "debilidad o circunstancias" de otros, nos hace sentir superiores y de alguna manera nos alegramos de no estar en su "piel o zapatos", y nos quedamos con eso, con la primera impresión. Aunque el relato va más de soberbia que de apariencia en sí; no quita, a que somos muy dados a compararnos con los demás por la simple apreciación, sin ir más allá y tiene que venir el duende y decirnos que no siempre la situación del otro es una desventaja. Las "etiquetas" son para los artículos o productos que están en venta en las tiendas; no para las personas.
Un cordial saludo para ti. José I.

PD. Te gustan los perros? jaja, gracias.
 
Hoy paseaba por el bosque disfrutando del juego de luces y colores que los rayos del sol me ofrecían desinteresadamente. Y así, de sopetón, me topé con un ciego sentado sobre una silla de ruedas. Mi subconsciente me dio una palmadita de egoístas sensaciones “¡Qué bien que puedo ver y caminar!”. Sin aviso, el día se oscureció con sombras tenebrosas y del suelo emergieron raíces de punta, sin que yo pudiera dar un paso más, a menos, de quedar ensartado en esas afiladas ballestas naturales. El ciego seguía sin inmutarse y aprecié en él una leve sonrisa, sin articular palabra. Entonces, le pregunté a mi subconsciente: “¿Para qué me ha servido la soberbia?” … y el duende del bosque me contestó: “¡Para nada bueno!”
El ciego me miraba. Me sentí avergonzado.
No dejes que las apariencias tengan más peso del debido en el caminar de tu vida.
Excelente deducción y buena moraleja. Un gusto pasar por tus letras, saludos, Azalea.
 
Hoy paseaba por el bosque disfrutando del juego de luces y colores que los rayos del sol me ofrecían desinteresadamente. Y así, de sopetón, me topé con un ciego sentado sobre una silla de ruedas. Mi subconsciente me dio una palmadita de egoístas sensaciones “¡Qué bien que puedo ver y caminar!”. Sin aviso, el día se oscureció con sombras tenebrosas y del suelo emergieron raíces de punta, sin que yo pudiera dar un paso más, a menos, de quedar ensartado en esas afiladas ballestas naturales. El ciego seguía sin inmutarse y aprecié en él una leve sonrisa, sin articular palabra. Entonces, le pregunté a mi subconsciente: “¿Para qué me ha servido la soberbia?” … y el duende del bosque me contestó: “¡Para nada bueno!”
El ciego me miraba. Me sentí avergonzado.
No dejes que las apariencias tengan más peso del debido en el caminar de tu vida.
Un bello consejo para que la disciplina de la humildad siempre sea
marea que sublima. bellissimo. saludos amables de luzyabsenta
 

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