En algún país no muy lejano
castigado por el paso de los años,
han anclado sus raices violentas
y sangrientas tempestades.
No han tenido suerte sus gentes.
Allí, injustamente, la vida vale poco más
que unas inoportunas palabras
o unos pocos puñados de dólares.
Sus habitantes han cambiado por inercia
los buenos días matinales
por el espeluznante grito de ''estoy vivo''
-¡Qué triste es esto, que tengan que
sufrir tantas personas aquello
que debería ser intransigentemente
innegociable; sus derechos más enteros
y vitales!
Como si estar vivo fuera un privilegio,
qué triste escuhar de boca de un humano
saludo tan cruel y desesperanzado.
Yo, en cambio, de tanto quererte,
-desagradecido de mí-
solo impelido por mi dolor y sufrimiento,
he llegado a decir que estaba muerto.