Évano
Libre, sin dioses.
Nacer como rodillas de tejas y barro
aun teniendo ama de pecho
y no haber ido ni a la escuela.
Crecer como crece el látigo vigilante,
entre tañidos y hombres de voz de bronce
para enamorarte locamente de un extraño
y ser una madre más pronto de lo pensado.
Ser la mano de un bebé y piernas alejándote
a otro mundo, esa ciudad Mezquita y Catedral,
y enamorarte de un soldado tras la muerte del extraño.
Y volver a ser aldea y choza y monte
con diez hijos a tus piernas, tus espaldas
y tu cabeza y tus pechos y tu hambre.
Capear la vida como una torera desnuda
delante de un millón de toros desbocados.
Ser primavera y verano y otoño
esperando los inviernos tiritando.
Llorar, reír, soñar, luchar, y ser,
ser, ser, ser y ser;
y estar en frente de lo imposible
noche tras noche y día tras día.
Y amar y amar y amar y amar
y ser justicia y no caer en tentaciones
de dar razones por muy amado que fuera.
Abrazar a la vecina mientras te derramas
por la muerte de tu hijo.
Batir harina y agua para gachas
como alimento de los más pequeños.
Ser camisa deshecha de luz de gas
y no tener dinero para otra.
Sentir el tañido de las doce menos cuarto
y temer las vibraciones de un domingo de bronces
arribando al miedo de una choza en el infierno.
Oler aullidos de lobos y ser cerradura
de la puerta donde te acorralas con tus hijos.
Comer los vientos y la nieve de los inviernos
con paños calientes para tu marido enfermo.
Hervir amapolas como única medicina
para los dolores y sufrimientos de los tuyos.
Dar, dar de comer de lo que pilles a la anemia
para que la muerte no se te lleve a ninguno.
Repartir por ahí, algunos hijos a la iglesia,
otros de sirvientes con apenas unos años,
y a un pastorcito cuidado por las ovejas.
Atraer a la Tierra entera, meterla en ti,
ser invencible ante Dios, tu aliado
y empuñar de las manos a tus hijos
para dejar atrás un futuro imposible.
Encaminarnos a todos por el camino correcto
para vivir en paz la última parte de ti.
Y escapar de tu mente, y escalarla
para sobreponerte, otra vez, a lo imposible
de ese alzhéimer más débil que tu Tierra.
Ver, y ser los nietos y biznietos
y un tataranieto e irte con Dios
después de abandonar a tu cuerpo
en la Tierra entera que atrajiste.
Ser la muerte y mantener la puerta
abierta todo un mes inmisericorde
para mostrar el más allá de la Tierra
entera que fuiste, y que en ese día
te rodeaba en abrazo junto a los tuyos.
A mi madre, con orgullo
y para que no se olvide.
Gracias por leer
y por pensar.
30/4/26
aun teniendo ama de pecho
y no haber ido ni a la escuela.
Crecer como crece el látigo vigilante,
entre tañidos y hombres de voz de bronce
para enamorarte locamente de un extraño
y ser una madre más pronto de lo pensado.
Ser la mano de un bebé y piernas alejándote
a otro mundo, esa ciudad Mezquita y Catedral,
y enamorarte de un soldado tras la muerte del extraño.
Y volver a ser aldea y choza y monte
con diez hijos a tus piernas, tus espaldas
y tu cabeza y tus pechos y tu hambre.
Capear la vida como una torera desnuda
delante de un millón de toros desbocados.
Ser primavera y verano y otoño
esperando los inviernos tiritando.
Llorar, reír, soñar, luchar, y ser,
ser, ser, ser y ser;
y estar en frente de lo imposible
noche tras noche y día tras día.
Y amar y amar y amar y amar
y ser justicia y no caer en tentaciones
de dar razones por muy amado que fuera.
Abrazar a la vecina mientras te derramas
por la muerte de tu hijo.
Batir harina y agua para gachas
como alimento de los más pequeños.
Ser camisa deshecha de luz de gas
y no tener dinero para otra.
Sentir el tañido de las doce menos cuarto
y temer las vibraciones de un domingo de bronces
arribando al miedo de una choza en el infierno.
Oler aullidos de lobos y ser cerradura
de la puerta donde te acorralas con tus hijos.
Comer los vientos y la nieve de los inviernos
con paños calientes para tu marido enfermo.
Hervir amapolas como única medicina
para los dolores y sufrimientos de los tuyos.
Dar, dar de comer de lo que pilles a la anemia
para que la muerte no se te lleve a ninguno.
Repartir por ahí, algunos hijos a la iglesia,
otros de sirvientes con apenas unos años,
y a un pastorcito cuidado por las ovejas.
Atraer a la Tierra entera, meterla en ti,
ser invencible ante Dios, tu aliado
y empuñar de las manos a tus hijos
para dejar atrás un futuro imposible.
Encaminarnos a todos por el camino correcto
para vivir en paz la última parte de ti.
Y escapar de tu mente, y escalarla
para sobreponerte, otra vez, a lo imposible
de ese alzhéimer más débil que tu Tierra.
Ver, y ser los nietos y biznietos
y un tataranieto e irte con Dios
después de abandonar a tu cuerpo
en la Tierra entera que atrajiste.
Ser la muerte y mantener la puerta
abierta todo un mes inmisericorde
para mostrar el más allá de la Tierra
entera que fuiste, y que en ese día
te rodeaba en abrazo junto a los tuyos.
A mi madre, con orgullo
y para que no se olvide.
Gracias por leer
y por pensar.
30/4/26