Évano
Libre, sin dioses.
Frunció las cejas y cerró los párpados con fuerza, masajeándose las sienes; su cabeza parecía estar aplastada por una prensa imaginaria. Se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra la pared y preguntándose dónde estaba, cómo diablos había llegado hasta allí. La luz llegaba a sus ojos entre la niebla decreciente. Alargó la mano, acertando a palpar a su amigo, que estaba tendido a su lado cuan largo era. Sus primeras palabras entonaban un sordo sonido ininteligible. Ejercitó las mandíbulas y se concentró en la frase que quería pronunciar. Después de varios intentos logró vocalizar un "¿estás despierto, Abel?", a la misma vez que lo zarandeaba. La insistencia consiguió que su amigo espabilara, experimentando la misma reacción que la que tuvo él mismo. Al cabo de un rato, cuando su mente logró unir algunas piezas, se acordó de la causa por la que se encontraban en aquel lugar.
—¡Eres un cabeza de chorlito! ¿Te das cuenta de lo que has conseguido, so idiota? -gritó tanto que su voz retumbó en las paredes y en el encéfalo de un Abel atolondrado...
—¿Qué ocurre? ¿Dónde estamos...? ¿Por qué gritas de esa manera? -contestó interrogando mientras se situaba junto a su compañero Efraín.
—¿Dónde estamos... dónde estamos? —ronroneó despectiva y burlonamente Efraín—. ¿Tú que crees, inteligencia andante? ¿No te acuerdas...? Yo soy un descifrador de laberintos... Un genio en resolver enigmas... —volvió a imitar la voz de su amigo, con tono de idiotez—. ¡La madre que te parió, que a gusto se quedó!
—¿Espera...!, espera que acabe de despejarme... No me acuerdo todavía...
—¡Pues yo te lo recordaré! La comida en el castillo del Conde Luna... Éramos invitados... ¿Te vas acordando... gilipollas...? El señor del sombrero en forma de un cucurucho con dibujos de estrellas y baritas mágicas...
—El vino... el vino no me sentó bien y me hizo hablar más de la cuenta. Espero que no se cabrease el dichoso brujo ese, total... ¿qué le dije?, ¿que sé resolver laberintos y soy gran descubridor de enigmas? ¡Tampoco es para tanto!
—No, no se cabreó mucho, simplemente nos ha metido en el laberinto que él mismo diseñó, so listillo, que eres un listillo y más tonto que ponerle cenicero a una bicicleta.
Efraín le señaló con las dos manos dónde se hallaban. Se encontraban en un pasillo de unos tres metros de ancho por cuatro de alto; enfrente torcía en ángulo de noventa grados a la derecha y, por detrás, giraba a la izquierda. Tanto paredes como suelo lo decoraban baldosas de pequeños cuadraditos blancos y negros, dando una sensación de agobio mareante. Cerca de ellos había un par de cantimploras, una gran bota de vino y dos bolsas de tela con pan, jamón, chorizos y queso.
—¡Venga!, pongámonos de pie, ¡a ver cómo resolvemos esto!, so espabilado, que eres un espabilado, y coge tú la bota de vino, seguro que la dejaron pensando en ti.
Se enderezaron y pasearon unos cuantos corredores en ambas direcciones. Caminaban cansinos y desganados, observando las idénticas formas de cuanto sus ojos captaban. Acabaron sentados a penas pasaron diez minutos.
—¡Hay que pensar, Abel, hay que pensar!, si no... no saldremos de aquí nunca.
—No sé a ti, pero a mí me cuesta respirar, a penas corre el aire.
-Pues aire hay. Debe ser la resaca que llevas, pedazo de cabronazo; aunque sí, algo de razón tienes, pero es lógico, tantos muros cortando el aire y esos malditos cuadraditos hacen de esto un infierno claustrofóbico -dijo Efraín, dándole un trago largo al chorro de vino.
Le pasó la bota a su amigo con una mueca de cachondeo. Bebe, así piensas mejor -añadió mientras se limpiaba, con la manga del jersey, el vino que no quiso entrar en su boca. Abel tragó igualmente una buena cantidad de vino.
—Entre los dos... Si nos subimos uno encima del otro, es probable que lleguemos a lo alto del muro. Vamos a ver si lo conseguimos y nos hacemos una idea de la magnitud del laberinto y de sus posibles salidas.
—Podrías haberlo dicho antes de que bebiéramos. Pero sí, es buena idea. Yo te izo, soy un poco más alto y tú pesas menos; además, se supone que tú eres el que entiende de laberintos.
Abel se subió a los hombros de Efraín, luego puso los pies encima de la cabeza, faltándole aún más de dos palmos para llegar arriba de la pared.
—No llego, me falta poco; tendrás que levantarme más.
Efraín, con gran esfuerzo, empuñó cada zapato con una mano y con un impulso lo encaramó. Abel se aferró con los dedos a la cima, quedando colgado.
—Ya no puedo subirte más. Levanta la pierna derecha y engánchala a lo alto.
Abel logró realizar la maniobra dicha por su amigo y se sentó arriba del estrecho muro. Absorto, ante lo que veían sus ojos, no escuchaba la pregunta de qué había y si era muy grande el laberinto.
—¡No veo el final, Efraín! ¡Este laberinto es la ostia de grande! ¡Me cago en el brujo de los cojones!, ¡la que nos ha liado! Sólo veo paredes y huecos, huecos y paredes, hasta donde se pierde la vista; ni árboles , ni casas, ni castillo ni nada, sólo este maldito laberinto. ¿Quieres que baje ya?
—¡Quédate a vivir allí arriba, si quieres, no te jodes!
Abel se descolgó al suelo cuadriculado. Más de dos metros de caída dolieron en sus tobillos. Empezaba a anochecer, por lo que se volvieron a sentar y discutieron si continuaban o esperaban a la luz del día. Uno exponía la inutilidad de andar a tientas por la oscuridad; otro argumentaba que tanto daba si de todas formas no sabían los cruces que tomar, que daba lo mismo avanzar con más vista que un lince o más ciegos que un topo; por lo tanto qué más daba tumbarse a la bartola o proseguir dando vueltas y más vueltas. Tras larga discusión decidieron dormir y aprovechar para discurrir las posibles salidas al problema en el que les habían metido. Cenaron algo de queso con tragos de vino, con la excusa de guardar el agua, siempre más necesaria.
Andaban metidos en el sueño de la alta madrugada cuando fueron despertados por miles de aullidos ensordecedores.
—¿Estás despierto, Abel? ¿Has oído eso?
—Sí, parecen aullidos de perro, y no se oyen lejanos. A lo mejor vienen a buscarnos.
—Los perros no aúllan, pedazo de animal; son lobos.
—¡Bueno!, y si son lobos, ¿qué hacemos? -preguntó Abel, mosqueado por tanto insulto.
Era verdad que por culpa suya estaban en semejante situación; bueno, por su culpa no, la culpa era del vino y sus ganas de destacar y revalorizarse ante los demás. De todas maneras Efraín no debía meterse tanto con él, menuda mierda de amigo si siempre lo insultaba y menospreciaba. Como continuara siendo tan borde se iba a enterar de quién era él. ¿Acaso no se acordaba de la prepotencia del Conde de Luna y lo estúpido que fue el hechicero ese del gorrito cónico con dibujitos? ¿Quién mierda se creían que eran?; podrían tener muchos titulitos nobiliarios y horteras capas largas y azules de brujos de mierda, que él no había viajado tanto para que el primer idiota se riera de ellos. Si Efraín quería seguir siendo toda su vida un plebeyo sometido a la voluntad de cualquier señor feudal, allá él.
Por mucho que arremetiera contra su amigo de la infancia, hasta el punto de olvidar unos aullidos cada vez más cercanos, Abel sería incapaz de dejar en la estacada o dañar a Efraín.
—Oye, Efraín, estoy harto de que me insultes; ¡ya está bien! Sé que la culpa es mía, por haberme puesto chulito en el castillo, pero tú eres mi amigo y deberías estar a mi lado...
—Lo estoy, lo estoy, y perdóname, son los nervios de la situación... Pero déjate ahora de ostias que están aquí los lobos, ¿no los oyes, gili...? -iba a volver a insultarlo, pero se dio cuenta a tiempo, cortando la palabra. Abel sonrió y se dijo que había valido la pena reprocharle su conducta.
Atemorizados, por lo que pudiera acontecer con unos animales que se imaginaban espeluznantes y peligrosísimos, decidieron encaramarse en lo alto de la pared y pasar allí el resto de la noche. Para ello, cuando Abel colgaba de la pared, Efraín trepó por el cuerpo de este. Una vez a salvo, ellos y las provisiones, se felicitaron por la excelente resolución al problema que conllevaba subir dos personas a un muro de más de cuatro metros de alto.
Efraín y Abel descansaban, espalda con espalda, en lo alto del muro de un pasillo del laberinto, con las piernas colgando a cada lado, cuando una manada de lobos llegaron hasta ellos. Aullaban, saltaban y daban vueltas en sí, a pesar de que era imposible alcanzar a los humanos encaramados. Los dos amigos guardaban el silencio del terror.
Por lo aires avanzaban siluetas de sombras de pájaros enormes, emitiendo graznidos aterradores...
Continúa abajo...
—¡Eres un cabeza de chorlito! ¿Te das cuenta de lo que has conseguido, so idiota? -gritó tanto que su voz retumbó en las paredes y en el encéfalo de un Abel atolondrado...
—¿Qué ocurre? ¿Dónde estamos...? ¿Por qué gritas de esa manera? -contestó interrogando mientras se situaba junto a su compañero Efraín.
—¿Dónde estamos... dónde estamos? —ronroneó despectiva y burlonamente Efraín—. ¿Tú que crees, inteligencia andante? ¿No te acuerdas...? Yo soy un descifrador de laberintos... Un genio en resolver enigmas... —volvió a imitar la voz de su amigo, con tono de idiotez—. ¡La madre que te parió, que a gusto se quedó!
—¿Espera...!, espera que acabe de despejarme... No me acuerdo todavía...
—¡Pues yo te lo recordaré! La comida en el castillo del Conde Luna... Éramos invitados... ¿Te vas acordando... gilipollas...? El señor del sombrero en forma de un cucurucho con dibujos de estrellas y baritas mágicas...
—El vino... el vino no me sentó bien y me hizo hablar más de la cuenta. Espero que no se cabrease el dichoso brujo ese, total... ¿qué le dije?, ¿que sé resolver laberintos y soy gran descubridor de enigmas? ¡Tampoco es para tanto!
—No, no se cabreó mucho, simplemente nos ha metido en el laberinto que él mismo diseñó, so listillo, que eres un listillo y más tonto que ponerle cenicero a una bicicleta.
Efraín le señaló con las dos manos dónde se hallaban. Se encontraban en un pasillo de unos tres metros de ancho por cuatro de alto; enfrente torcía en ángulo de noventa grados a la derecha y, por detrás, giraba a la izquierda. Tanto paredes como suelo lo decoraban baldosas de pequeños cuadraditos blancos y negros, dando una sensación de agobio mareante. Cerca de ellos había un par de cantimploras, una gran bota de vino y dos bolsas de tela con pan, jamón, chorizos y queso.
—¡Venga!, pongámonos de pie, ¡a ver cómo resolvemos esto!, so espabilado, que eres un espabilado, y coge tú la bota de vino, seguro que la dejaron pensando en ti.
Se enderezaron y pasearon unos cuantos corredores en ambas direcciones. Caminaban cansinos y desganados, observando las idénticas formas de cuanto sus ojos captaban. Acabaron sentados a penas pasaron diez minutos.
—¡Hay que pensar, Abel, hay que pensar!, si no... no saldremos de aquí nunca.
—No sé a ti, pero a mí me cuesta respirar, a penas corre el aire.
-Pues aire hay. Debe ser la resaca que llevas, pedazo de cabronazo; aunque sí, algo de razón tienes, pero es lógico, tantos muros cortando el aire y esos malditos cuadraditos hacen de esto un infierno claustrofóbico -dijo Efraín, dándole un trago largo al chorro de vino.
Le pasó la bota a su amigo con una mueca de cachondeo. Bebe, así piensas mejor -añadió mientras se limpiaba, con la manga del jersey, el vino que no quiso entrar en su boca. Abel tragó igualmente una buena cantidad de vino.
—Entre los dos... Si nos subimos uno encima del otro, es probable que lleguemos a lo alto del muro. Vamos a ver si lo conseguimos y nos hacemos una idea de la magnitud del laberinto y de sus posibles salidas.
—Podrías haberlo dicho antes de que bebiéramos. Pero sí, es buena idea. Yo te izo, soy un poco más alto y tú pesas menos; además, se supone que tú eres el que entiende de laberintos.
Abel se subió a los hombros de Efraín, luego puso los pies encima de la cabeza, faltándole aún más de dos palmos para llegar arriba de la pared.
—No llego, me falta poco; tendrás que levantarme más.
Efraín, con gran esfuerzo, empuñó cada zapato con una mano y con un impulso lo encaramó. Abel se aferró con los dedos a la cima, quedando colgado.
—Ya no puedo subirte más. Levanta la pierna derecha y engánchala a lo alto.
Abel logró realizar la maniobra dicha por su amigo y se sentó arriba del estrecho muro. Absorto, ante lo que veían sus ojos, no escuchaba la pregunta de qué había y si era muy grande el laberinto.
—¡No veo el final, Efraín! ¡Este laberinto es la ostia de grande! ¡Me cago en el brujo de los cojones!, ¡la que nos ha liado! Sólo veo paredes y huecos, huecos y paredes, hasta donde se pierde la vista; ni árboles , ni casas, ni castillo ni nada, sólo este maldito laberinto. ¿Quieres que baje ya?
—¡Quédate a vivir allí arriba, si quieres, no te jodes!
Abel se descolgó al suelo cuadriculado. Más de dos metros de caída dolieron en sus tobillos. Empezaba a anochecer, por lo que se volvieron a sentar y discutieron si continuaban o esperaban a la luz del día. Uno exponía la inutilidad de andar a tientas por la oscuridad; otro argumentaba que tanto daba si de todas formas no sabían los cruces que tomar, que daba lo mismo avanzar con más vista que un lince o más ciegos que un topo; por lo tanto qué más daba tumbarse a la bartola o proseguir dando vueltas y más vueltas. Tras larga discusión decidieron dormir y aprovechar para discurrir las posibles salidas al problema en el que les habían metido. Cenaron algo de queso con tragos de vino, con la excusa de guardar el agua, siempre más necesaria.
Andaban metidos en el sueño de la alta madrugada cuando fueron despertados por miles de aullidos ensordecedores.
—¿Estás despierto, Abel? ¿Has oído eso?
—Sí, parecen aullidos de perro, y no se oyen lejanos. A lo mejor vienen a buscarnos.
—Los perros no aúllan, pedazo de animal; son lobos.
—¡Bueno!, y si son lobos, ¿qué hacemos? -preguntó Abel, mosqueado por tanto insulto.
Era verdad que por culpa suya estaban en semejante situación; bueno, por su culpa no, la culpa era del vino y sus ganas de destacar y revalorizarse ante los demás. De todas maneras Efraín no debía meterse tanto con él, menuda mierda de amigo si siempre lo insultaba y menospreciaba. Como continuara siendo tan borde se iba a enterar de quién era él. ¿Acaso no se acordaba de la prepotencia del Conde de Luna y lo estúpido que fue el hechicero ese del gorrito cónico con dibujitos? ¿Quién mierda se creían que eran?; podrían tener muchos titulitos nobiliarios y horteras capas largas y azules de brujos de mierda, que él no había viajado tanto para que el primer idiota se riera de ellos. Si Efraín quería seguir siendo toda su vida un plebeyo sometido a la voluntad de cualquier señor feudal, allá él.
Por mucho que arremetiera contra su amigo de la infancia, hasta el punto de olvidar unos aullidos cada vez más cercanos, Abel sería incapaz de dejar en la estacada o dañar a Efraín.
—Oye, Efraín, estoy harto de que me insultes; ¡ya está bien! Sé que la culpa es mía, por haberme puesto chulito en el castillo, pero tú eres mi amigo y deberías estar a mi lado...
—Lo estoy, lo estoy, y perdóname, son los nervios de la situación... Pero déjate ahora de ostias que están aquí los lobos, ¿no los oyes, gili...? -iba a volver a insultarlo, pero se dio cuenta a tiempo, cortando la palabra. Abel sonrió y se dijo que había valido la pena reprocharle su conducta.
Atemorizados, por lo que pudiera acontecer con unos animales que se imaginaban espeluznantes y peligrosísimos, decidieron encaramarse en lo alto de la pared y pasar allí el resto de la noche. Para ello, cuando Abel colgaba de la pared, Efraín trepó por el cuerpo de este. Una vez a salvo, ellos y las provisiones, se felicitaron por la excelente resolución al problema que conllevaba subir dos personas a un muro de más de cuatro metros de alto.
Efraín y Abel descansaban, espalda con espalda, en lo alto del muro de un pasillo del laberinto, con las piernas colgando a cada lado, cuando una manada de lobos llegaron hasta ellos. Aullaban, saltaban y daban vueltas en sí, a pesar de que era imposible alcanzar a los humanos encaramados. Los dos amigos guardaban el silencio del terror.
Por lo aires avanzaban siluetas de sombras de pájaros enormes, emitiendo graznidos aterradores...
Continúa abajo...
Última edición:

::