Las matemágicas del espejo,, Xincuo

waldo lopez

Poeta recién llegado
Xincuo


Una partida de ajedrez,
con la sombra que vive en el espejo.
Para definir las cosas.
Reino contra Reino.
Mi todo contra el salitre
que dejan enquistados en el alma los siglos.
Me mira y lo observo.
Me observa y lo miro.
Cuestión de estrategias.
Los tambores baten a combate.
Entre una algarabía de escudos y estandartes.
Cada quién con su dotación de municiones.
Dos consultas con la flama.
Cada quién con su manojo de invocaciones y triquiñuelas.
Con el complemento de lo contrario; su negación.
El silencio suena la campana.
Empezamos.
De mí los aires para derramar reflejos
en la palma de mi mano.
De él el reflejo de la calma, los tizones
para adornar el pecho de la noche,
para armar con hojitas de cilantro la batalla.
Nobles travesías, naufragios;
Albur de sus caballos, mis alfiles acechantes.
De mí el sobresalto, la luz que llora
la luna en sacrosanta procesión
como latigazo de locura sobre el reino
sin canto ni encanto. Desencanto.

De su mirada saltan mis pensamientos.
Mis secrecias penden de sus torres.
De mí la espera, de él el claustro;
Melodía que dice “cuestión de silencios”.
Eslabones que saben del corpiño del cielo,
la palabra y el timón del extravío.

Pasan los tiempos apretujados,
como grumos de arena esclavizados al reloj.
Los golpes de pecho y las penitencias.
Los días santos y las marchas triunfales de los insectos,
Los arrepentimientos y reincidencias.
Los claroscuros de su rostro
cuando aparece en mi sueño, poseso,
de un ocre añil.
Los mástiles, los puertos desteñidos en el recuerdo.
Los sextantes y coordenadas.
Los labios de una mujer
convertidos en un ramo de violetas.

Muevo mi deseo; rebota en su pensamiento.
La ruta y las historias de caballerías
van y vienen entre el espejo.
Sus ojos destellan entre el celaje.
Arroja un puñado de lentejuela.
Entiendo la postura de lo inverosímil.
La luz se filtra en el recuadro del espejo,
forma un oleaje de intensidades.
Palpitan en un solo destello,
paraliza su luz de concha nácar .
Sus filamentos atraviesan la bruma de la espera.
Las estrías del infinito, las partes rugosas de la claridad,
como serpientes se muerden la cola
en una percusión de sonajeros.

Entonces no me importan mis deseos, mis proclamas;
me siento arrinconado.
Con un tablero colgando del pecho.
Me veo en el reflejo del espejo, crucificado al polvo pegajoso de la bruma.
Sabe que lo intuyo.
Sabe de mi perseverancia, de mi escapulario.
Sabe de mis deseos de huir convertido en una ráfaga de aire.
Sabe por que doy la espalda,
el porqué de esas noches en vela.
Más sin embargo.
Dos brazas, son los ojos de la noche.
Pantera al acecho en lo impostergable.
Murmullo que escapa como sombra entre las opacidades,
como aullido de un lobo embelesado por la luna.

Cuando reacciono.
Me encuentro entre una trampa y un enroque.
Las distancias se escurren sobre las paredes,
los iconoclastas aplauden la sorpresa.
Me veo prendido a su sonrisa en disimulo.
Ordeno incinerar cualquier certidumbre
de mi recóndito desconsuelo.
A pesar de las ocurrencias ajedrezadas
del día, los conclaves del dios del relámpago con sus vasallos.
Todo se encuadra en un extraño vaticinio
pronunciado la víspera del día de Don Juan.
Todo responde invariablemente
al impulso de los resortes del cielo,
a la dialéctica de las nubes en su vagabunda travesía.

A pesar de las audacias y bravatas
que enrarecen la calma,
a pesar de haber delinquido sobre una nota alta,
desbarrancándose en un impulso pentatónico, oscilante.
Así y todo; los tiempos retroceden.
Los fuegos vuelven a sus vitrales,
las oraciones fúnebres salen de sus catacumbas.
El rito de las distancias
acuñadas en instantes frugales,
acuden al llamado de la caracola.
Mientras tanto
la neblina conquista palmo a palmo el reino cuadriculado.
El silencio se incendia ávido
en el fragor de la batalla.
Las aguas saben de cataclismos.
Los vendavales se arrodillan ante el paso de los astros.
Mi delirio
es una rosa negra en medio de la alborada.

Una partida
y dos con sal, por aquello del folklore.
Dos enmudecidas palabras
en el vértice exacto del espejo y su otra realidad.
Cada quién con su atajo de espinas.
Cada quién pensando que es reflejo
él que hace jake mate desde el otro lado del espejo.
 
Última edición:
Xincuo


Una partida de ajedrez,
con la sombra que vive en el espejo.
Para definir las cosas.
Reino contra Reino.
Mi todo contra el salitre
que dejan enquistados en el alma los siglos.
Me mira y lo observo.
Me observa y lo miro.
Cuestión de estrategias.
Los tambores baten a combate.
Entre una algarabía de escudos y estandartes.
Cada quién con su dotación de municiones.
Dos consultas con la flama.
Cada quién con su manojo de invocaciones y triquiñuelas.
Con el complemento de lo contrario; su negación.
El silencio suena la campana.
Empezamos.
De mí los aires para derramar reflejos
en la palma de mi mano.
De él el reflejo de la calma, los tizones
para adornar el pecho de la noche,
para armar con hojitas de cilantro la batalla.
Nobles travesías, naufragios;
Albur de sus caballos, mis alfiles acechantes.
De mí el sobresalto, la luz que llora
la luna en sacrosanta procesión
como latigazo de locura sobre el reino
sin canto ni encanto. Desencanto.

De su mirada saltan mis pensamientos.
Mis secrecias penden de sus torres.
De mí la espera, de él el claustro;
Melodía que dice “cuestión de silencios”.
Eslabones que saben del corpiño del cielo,
la palabra y el timón del extravío.

Pasan los tiempos apretujados,
como grumos de arena esclavizados al reloj.
Los golpes de pecho y las penitencias.
Los días santos y las marchas triunfales de los insectos,
Los arrepentimientos y reincidencias.
Los claroscuros de su rostro
cuando aparece en mi sueño, poseso,
de un ocre añil.
Los mástiles, los puertos desteñidos en el recuerdo.
Los sextantes y coordenadas.
Los labios de una mujer
convertidos en un ramo de violetas.

Muevo mi deseo; rebota en su pensamiento.
La ruta y las historias de caballerías
van y vienen entre el espejo.
Sus ojos destellan entre el celaje.
Arroja un puñado de lentejuela.
Entiendo la postura de lo inverosímil.
La luz se filtra en el recuadro del espejo,
forma un oleaje de intensidades.
Palpitan en un solo destello,
paraliza su luz de concha nácar .
Sus filamentos atraviesan la bruma de la espera.
Las estrías del infinito, las partes rugosas de la claridad,
como serpientes se muerden la cola
en una percusión de sonajeros.

Entonces no me importan mis deseos, mis proclamas;
me siento arrinconado.
Con un tablero colgando del pecho.
Me veo en el reflejo del espejo, crucificado al polvo pegajoso de la bruma.
Sabe que lo intuyo.
Sabe de mi perseverancia, de mi escapulario.
Sabe de mis deseos de huir convertido en una ráfaga de aire.
Sabe por que doy la espalda,
el porqué de esas noches en vela.
Más sin embargo.
Dos brazas, son los ojos de la noche.
Pantera al acecho en lo impostergable.
Murmullo que escapa como sombra entre las opacidades,
como aullido de un lobo embelesado por la luna.

Cuando reacciono.
Me encuentro entre una trampa y un enroque.
Las distancias se escurren sobre las paredes,
los iconoclastas aplauden la sorpresa.
Me veo prendido a su sonrisa en disimulo.
Ordeno incinerar cualquier certidumbre
de mi recóndito desconsuelo.
A pesar de las ocurrencias ajedrezadas
del día, los conclaves del dios del relámpago con sus vasallos.
Todo se encuadra en un extraño vaticinio
pronunciado la víspera del día de Don Juan.
Todo responde invariablemente
al impulso de los resortes del cielo,
a la dialéctica de las nubes en su vagabunda travesía.

A pesar de las audacias y bravatas
que enrarecen la calma,
a pesar de haber delinquido sobre una nota alta,
desbarrancándose en un impulso pentatónico, oscilante.
Así y todo; los tiempos retroceden.
Los fuegos vuelven a sus vitrales,
las oraciones fúnebres salen de sus catacumbas.
El rito de las distancias
acuñadas en instantes frugales,
acuden al llamado de la caracola.
Mientras tanto
la neblina conquista palmo a palmo el reino cuadriculado.
El silencio se incendia ávido
en el fragor de la batalla.
Las aguas saben de cataclismos.
Los vendavales se arrodillan ante el paso de los astros.
Mi delirio
es una rosa negra en medio de la alborada.

Una partida
y dos con sal, por aquello del folklore.
Dos enmudecidas palabras
en el vértice exacto del espejo y su otra realidad.
Cada quién con su atajo de espinas.
Cada quién pensando que es reflejo
él que hace jake mate desde el otro lado del espejo.
Buen poema muy original y sentido, saludos
 
Vaya... De respiración larga, pero muy bueno y recomendable.
Saludos.
 

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