Las orejas mollejas II

riumar

Poeta recién llegado
Con las orejas mollejas, santo cielo,
no entiendo yo eso del viejo verde,
porque si aún no viejo tampoco verde.
¿Pero nada de nada verde?
la líbido bajo los suelos de repente.
Y dicen de la mujer la menopausia
y, en mi caso, cielo santo, santo cielo,
siendo aún hombre de buen ver,
sin las orejas mollejas y bien guapo,
-aún me duele la cara de ser tan guapo,
al estilo de ese Tom cruisse, por ejemplo,
pero no tanto-
nada de líbido. ¿Eso qué es, la líbido?
Si de joven ya gripaba el motor
a veces por falta de calor, como
esos de la renault, era porque nunca
fuí un fogoso machote, no.
Tampoco es que el motor fallara
porque la renault es la renault,
Pero eso de ser casi un cinquentón
pasa una tremenda factura no ya a mí
sino a mi pobre amante que se queda
a veces más que menos a media vela.
Hay hombres que su pasión es tanta
que enciende y agota toda la lava, se calienta tanto
que no queda ya nada para hacer arder
el otro fuego, el fuego lascivo del bajo vientre.
Ese que te deja como un gato con ojos de plato
sin sentidos ni razón siquiera.
Por ejemplo: En la piscina del patio, de tan sensual,
esparce sus pechos al viento a ver si
reacciono un poco, vamos, una indirecta
directa que le sirve de bien poco. Pobrecita,
está que se sale de guapa y de buena.
El caso es que sí que le daría un mordisco
allá dónde fuera, soy un hombre vulgar y cualquiera.
Yo le regalo arrumacos y versos y pantomimas,
en cambio, por la puerta trasera que da a la acequia,
siempre se asoman los viejos verdes, los de siempre,
el tiempo justo hasta que in fraganti los descubre.
Entonces, con disimulo, esparcen al viento su libidinoso
instrumento y silban, y cantan y orinan en el margen
lleno de hierbas y flores aromáticas.
Esos de las orejas mollejas que los envidio tanto
no por sus orejas mollejas sino por viejos verdes,
porque de tan fogosos copulan y orinan en un mismo acto,
por su perpetua líbido explosiva y exultante.
Pero es curioso, nunca me dejó una amante
por tan poca cosa. O es una gran cosa para ellas
y nunca llegué a conocerlas porque no se acercaron
al verme tan tenue y frío; como los bobos ensimismados
en estrellas y planetas lejanos.
Los bobos aún no aprendieron que la mujer es un tesoro,
que se la ama, se la quiere; se eterniza y se siente,
se puede besar y también penetrar su inocencia, acaparar sus sentidos
y degustar su esencia.
 
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