Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
En la penumbra del viento,
donde calla el pensamiento,
se alza una llama violenta,
ardiendo en su propia cuenta.
Es lengua que corta el aire,
grita rabia, grita sangre,
quema al filo del suspiro,
y congela con un giro.
De fuego se viste el alba,
de hielo el alma que salva;
cada palabra es cuchillo,
cada mirada, un martillo.
Corazón helado, frío,
nunca conoció el rocío,
ni la caricia del río,
solo el eco de su lío.
Pero en su gélido centro,
arde un rescoldo que encuentro,
un fulgor casi dormido,
por la ceniza escondido.
¿Será que la lengua calla
si el amor rompe la valla?
¿Será que el fuego y el hielo
pueden mirarse en el cielo?
Que arda la voz, no la herida,
que la pasión sea la vida;
lengua de fuego, ¡despierta!,
rompe el hielo, abre la puerta.
Así, la noche y el día
bailarán en la poesía,
donde el fuego no calcina
y el hielo nunca termina.
donde calla el pensamiento,
se alza una llama violenta,
ardiendo en su propia cuenta.
Es lengua que corta el aire,
grita rabia, grita sangre,
quema al filo del suspiro,
y congela con un giro.
De fuego se viste el alba,
de hielo el alma que salva;
cada palabra es cuchillo,
cada mirada, un martillo.
Corazón helado, frío,
nunca conoció el rocío,
ni la caricia del río,
solo el eco de su lío.
Pero en su gélido centro,
arde un rescoldo que encuentro,
un fulgor casi dormido,
por la ceniza escondido.
¿Será que la lengua calla
si el amor rompe la valla?
¿Será que el fuego y el hielo
pueden mirarse en el cielo?
Que arda la voz, no la herida,
que la pasión sea la vida;
lengua de fuego, ¡despierta!,
rompe el hielo, abre la puerta.
Así, la noche y el día
bailarán en la poesía,
donde el fuego no calcina
y el hielo nunca termina.