Maroc
Alberto
Leo una novela del oeste,
sentado en el sofá,
con miradas furtivas a sus piernas de trigo,
traigo moras salvajes que coloco
sobre su boca entreabierta
y luminiscente mientras
pasa un beso como un pájaro
que se pierde en el silencio
de la casa dormida.
Besos y besos de amapola
hasta que los jeans sobran,
sobra la camiseta barata
de algodón sucio
y los cuerpos ruedan entre bocas
por la pradera
de grama incandescente
bajo un sol como un carro
de diamantes azulados
que nos lleva por encima
de un mundo rociado de azúcar,
por campos repletos de espigas
silvestres y por encima
del lago hasta el sopor
relajado de los cuerpos.
Sus dientes eran estrellas
hasta el borde de sus pechos
aferrados a la sábana
mientras mis manos
circundaban sus caderas,
los grandes camiones
y la excavadora rugían
sobre cementerios de barro y plomo,
acaricié su espalda firme
con un beso sobre la cicatriz
que le hizo la porra de aquel
policía.
Éramos como una pajarita
de papel sin cadenas,
acompañados por una brisa
suave con las agujas del reloj
acortando nuestra vida
mientras el horizonte
se llenaba de olores
donde duerme el baúl
de mi tesoro,
así caminamos y caminamos
entre un pataleo plateado
que rompe las caracolas
nacaradas del silencio
mientras voy persiguiendo
ese pelo negro que se enrreda
en un rincón de la historia
donde el depredador
no se atreve a morder
tu mirada fluorescente.
No es la luz de una farola,
tampoco es la luz de la luna llena,
tampoco es la luz del sol;
es la luz que veo en tus ojos.
Aquel día olíamos a moras
entre la sangre de las espinas
que rompen los corazones.
sentado en el sofá,
con miradas furtivas a sus piernas de trigo,
traigo moras salvajes que coloco
sobre su boca entreabierta
y luminiscente mientras
pasa un beso como un pájaro
que se pierde en el silencio
de la casa dormida.
Besos y besos de amapola
hasta que los jeans sobran,
sobra la camiseta barata
de algodón sucio
y los cuerpos ruedan entre bocas
por la pradera
de grama incandescente
bajo un sol como un carro
de diamantes azulados
que nos lleva por encima
de un mundo rociado de azúcar,
por campos repletos de espigas
silvestres y por encima
del lago hasta el sopor
relajado de los cuerpos.
Sus dientes eran estrellas
hasta el borde de sus pechos
aferrados a la sábana
mientras mis manos
circundaban sus caderas,
los grandes camiones
y la excavadora rugían
sobre cementerios de barro y plomo,
acaricié su espalda firme
con un beso sobre la cicatriz
que le hizo la porra de aquel
policía.
Éramos como una pajarita
de papel sin cadenas,
acompañados por una brisa
suave con las agujas del reloj
acortando nuestra vida
mientras el horizonte
se llenaba de olores
donde duerme el baúl
de mi tesoro,
así caminamos y caminamos
entre un pataleo plateado
que rompe las caracolas
nacaradas del silencio
mientras voy persiguiendo
ese pelo negro que se enrreda
en un rincón de la historia
donde el depredador
no se atreve a morder
tu mirada fluorescente.
No es la luz de una farola,
tampoco es la luz de la luna llena,
tampoco es la luz del sol;
es la luz que veo en tus ojos.
Aquel día olíamos a moras
entre la sangre de las espinas
que rompen los corazones.
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