Libre albedrío

Orfelunio

Poeta veterano en el portal
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Libre albedrío


Se decía en aquel pueblo,
que era fina, que era guapa,
que tenía un bolso bello,
y un mantón con su guirnalda,
que cubría desde el cuello
hasta su bonita espalda.

Se decía entre el vulgo
que la gracia era alta,
que en la iglesia era comulgo
y la iglesia era la plaza.

Y allí en aquellas cruces
negociaba sus labores,
que eran ocho con sus buches,
y ochocientos sin sabores.

Yo encantando en los colores,
una noche fui a buscarla,
no pensé en los amores,
enamorándome barata.

Desde entonces los sudores
son en mí como las aguas,
como el vaho que da la tierra
cuando el sol calienta olores,
y reaviva hasta las piedras
deshaciéndose en las fraguas.

Fueron ocho las boquitas
que pedían sin parar,
ocho fueron las benditas
que a la plaza fui a buscar,
en aquella noche, que tiritas,
que ni era alta, ni bonita,
era puta nada más.

Llegó la acusación,
y en la cárcel me metieron
por asesino y por ladrón,
por matar a ocho niños,
y a la madre que los parió.

Anda suelto el asesino,
es el padre y no soy yo;
el fiscal ya lo ha resuelto,
y un mal juez me sentenció.

Entre hierros de los tres
ahora es que no despeja;
herraduras en dos pies,
el libre albedrío es lo que es,
y treinta años mucha reja.

Y en la cárcel me encontré
con un cura y un poeta;
el cura era gay,
el poeta era poeta.

Ya es hora que hable el padre,
como padre era gay,
como cura era la ley
que asesina a toda carne,
y al poeta por ser rey,
lo encerraron por lo que hable.

Y yo de espectador,
con mi libre albedrío
ya no me fío,
cuando hace tanto frío,
y alguien dice lo que se dice:
que dentro hay locos,
y fuera pocos… tomando el sol.
 
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Libre albedrío


Se decía en aquel pueblo,
que era fina, que era guapa,
que tenía un bolso bello,
y un mantón con su guirnalda,
que cubría desde el cuello
hasta su bonita espalda.

Se decía entre el vulgo
que la gracia era alta,
que en la iglesia era comulgo
y la iglesia era la plaza.

Y allí en aquellas cruces
negociaba sus labores,
que eran ocho con sus buches,
y ochocientos sin sabores.

Yo encantando en los colores,
una noche fui a buscarla,
no pensé en los amores,
enamorándome barata.

Desde entonces los sudores
son en mí como las aguas,
como el vaho que da la tierra
cuando el sol calienta olores,
y reaviva hasta las piedras
deshaciéndose en las fraguas.

Fueron ocho las boquitas
que pedían sin parar,
ocho fueron las benditas
que a la plaza fui a buscar,
en aquella noche, que tiritas,
que ni era alta, ni bonita,
era puta nada más.

Llegó la acusación,
y en la cárcel me metieron
por asesino y por ladrón,
por matar a ocho niños,
y a la madre que los parió.

Anda suelto el asesino,
es el padre y no soy yo;
el fiscal ya lo ha resuelto,
y un mal juez me sentenció.

Entre hierros de los tres
ahora es que no despeja;
herraduras en dos pies,
el libre albedrío es lo que es,
y treinta años mucha reja.

Y en la cárcel me encontré
con un cura y un poeta;
el cura era gay,
el poeta era poeta.

Ya es hora que hable el padre,
como padre era gay,
como cura era la ley
que asesina a toda carne,
y al poeta por ser rey,
lo encerraron por lo que hable.

Y yo de espectador,
con mi libre albedrío
ya no me fío,
cuando hace tanto frío,
y alguien dice lo que se dice:
que dentro hay locos,
y fuera pocos… tomando el sol.


Déjà vu de ese libre albedrío. Un agrado pasar nuevamente por tu espacio. Saludos cordiales y estrellas para ti Orfelunio.
 

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