Un río rápido cruza el sol de plata
los pájaros azules revolotean
entre las crispadas manos de un mendigo
y los pies cansados se hunden en el barro
amarillo de una estación de trenes desierta.
Los pasos se acompasan con el fragor
de unos volcanes encendidos y rojos
desde donde brotan piedras grises
y toneladas de polvo verde.
El campo se traga las últimas gotas
de una lluvia morada que se hace
tierra y se evapora por los aires
en donde los pájaros ya mueren
con sus alas que se hacen trizas.
Unos ojos miran desde el horizonte
desde el poniente observan
y se cierran y las pupilas se desvanecen
y las pestañas se queman entre el
vapor ardiente de las lágrimas secas.
Un ciclón viene a lo lejos volando
comiéndose los vestigios de un pueblo
deshabitado de gente que huye, que
se mata entre sí, que se grita con una ceguera
casi inaudible y efímera como el llanto
de los niños que mueren de hambre.
Pasan los profetas y los proxenetas
pasan sin mirar a nadie ni a sus putas
mientras bandadas de toreros muertos
dan la vuelta al ruedo sin flores ni plausos.
La sangre en la arena y el capote en el tablado
son mudos testigos de la lidia del universo
que mata a su mejor creación: el hombre.
los pájaros azules revolotean
entre las crispadas manos de un mendigo
y los pies cansados se hunden en el barro
amarillo de una estación de trenes desierta.
Los pasos se acompasan con el fragor
de unos volcanes encendidos y rojos
desde donde brotan piedras grises
y toneladas de polvo verde.
El campo se traga las últimas gotas
de una lluvia morada que se hace
tierra y se evapora por los aires
en donde los pájaros ya mueren
con sus alas que se hacen trizas.
Unos ojos miran desde el horizonte
desde el poniente observan
y se cierran y las pupilas se desvanecen
y las pestañas se queman entre el
vapor ardiente de las lágrimas secas.
Un ciclón viene a lo lejos volando
comiéndose los vestigios de un pueblo
deshabitado de gente que huye, que
se mata entre sí, que se grita con una ceguera
casi inaudible y efímera como el llanto
de los niños que mueren de hambre.
Pasan los profetas y los proxenetas
pasan sin mirar a nadie ni a sus putas
mientras bandadas de toreros muertos
dan la vuelta al ruedo sin flores ni plausos.
La sangre en la arena y el capote en el tablado
son mudos testigos de la lidia del universo
que mata a su mejor creación: el hombre.