En el pendenciero prostíbulo,atestado de podridas acequias,un vil esqueleto de sulfúreo semblante se acerca hacia mí con intenciones macabras.Mas yo me escondo como un truhan niño de teta bajo las gordas nalgas de la primera ramera que me regala un impuro beso en mis labios húmedos de divina absenta. Entonces,el macabro escuadrón de coyunturas óseas se desmorona,no sin antes soltar de la mandíbula batiente una rosa celestial que al caer al pavimento salpicado de sangre menstrual,se evapora para a continuación reverberar en una imagen de flagrante culto religioso.Pues es ni más ni menos que la todopoderosa Lilith: ese doble femenino que esconde en el interior lastimero de cada hombre la gloria y pundonor de la mayestática imagen fehaciente del omnisciente y cruel Satanás.