Fingal
Poeta adicto al portal
Liturgia de un ateo (I)
La última vez que intenté matar a Dios
me quitaste la navaja de las manos,
sin ira, sin violencia, sin castigo;
con toda la suavidad
de tus ojos como pueblos,
de la abeja que recorre los estambres,
de la nieve que se posa en las mejillas,
de la tierra que comparten el mar y la playa.
Con toda la suavidad
de las yemas y los labios de los músicos,
del pincel del arqueólogo,
de la venda, de la boca,
del lado interno de los párpados.
La última vez que intenté matar a Dios
me subiste contigo al escenario,
sin guion, sin disfraz, sin personaje;
con toda la verdad
de tu piel como la mía,
de las astas de los ciervos,
de la profundidad de los cipreses,
del llanto del recién nacido.
Con toda la verdad
de tu mano inexplicable:
tu mano que toca,
tu mano que se queda,
tu mano que defiende.
Con toda la verdad
de la tristeza de las ruinas,
de la geometría derrotada,
del instinto que recoge al pensamiento
y sabe y lo perdona y lo consuela.
La última vez que intenté matar a Dios
quería ser un poco libre.
Me diste un cuenco de sopa caliente,
una manta y un sitio junto al fuego.
Álvaro del Prado, 27 de abril de 2017
La última vez que intenté matar a Dios
me quitaste la navaja de las manos,
sin ira, sin violencia, sin castigo;
con toda la suavidad
de tus ojos como pueblos,
de la abeja que recorre los estambres,
de la nieve que se posa en las mejillas,
de la tierra que comparten el mar y la playa.
Con toda la suavidad
de las yemas y los labios de los músicos,
del pincel del arqueólogo,
de la venda, de la boca,
del lado interno de los párpados.
La última vez que intenté matar a Dios
me subiste contigo al escenario,
sin guion, sin disfraz, sin personaje;
con toda la verdad
de tu piel como la mía,
de las astas de los ciervos,
de la profundidad de los cipreses,
del llanto del recién nacido.
Con toda la verdad
de tu mano inexplicable:
tu mano que toca,
tu mano que se queda,
tu mano que defiende.
Con toda la verdad
de la tristeza de las ruinas,
de la geometría derrotada,
del instinto que recoge al pensamiento
y sabe y lo perdona y lo consuela.
La última vez que intenté matar a Dios
quería ser un poco libre.
Me diste un cuenco de sopa caliente,
una manta y un sitio junto al fuego.
Álvaro del Prado, 27 de abril de 2017