BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Un rostro muerto! Un rostro muerto!
Recogieron ayer los gatos, por el ancho trueno.
Un rostro terco y abolido, un rostro inmenso, hueco,
que percibe su rotundidad por celosías y aspectos delirantes:
oh, fragilidad de siempre! En tu incesante cremación,
los dientes, amarillentos, el rocío, la espuma, las criaturas
de los sueños divididos! Oh argamasa temeraria de los frutos
divinamente colgados, pendientes de esa supresión
de las formas agotadas. Ellos serán los siguientes.
Terrible en el suceso; agotados palacios negros,
inventarios de rostros apagados como un tizón,
muertos, sucios, muertos.
Y yo solo; sin mis hijos-.
Tuve un solo hijo, echado a los leones,
un entretenimiento de cúspides y soledades neutras,
un regocijo de camiones a la puerta de una cafetería,
de fuerza descomunal, un orificio en cada lóbulo.
Me gustan las fuerzas opuestas, que toleran un brazo
con cada región de nieblas o testículos. Esas fortalezas
manantiales de los astros, de los astros bien demolidos,
hasta que se llega al último de los peatones, muerto.
De cansancio me hirieron. De rosas letales
en los impulsos del misterio, hielo troceado
por mujeres en su negror completo. Vi las rosas,
las olí, y las desprecié. Este mundo
estaba lleno de ellas. Me aburrían. Cansancio,
cansancio, cansancio, y esa eternidad de enebro,
y esos campos llenos de cebada.
Recogí mi rostro; última canción de los soles.
Sobre un túmulo blanco de cintas adhesivas.
Pequeños felinos, y un sinfín de animales enfermos,
lo habían pisoteado. Oriné y fui hacia la cosecha-.
©
Recogieron ayer los gatos, por el ancho trueno.
Un rostro terco y abolido, un rostro inmenso, hueco,
que percibe su rotundidad por celosías y aspectos delirantes:
oh, fragilidad de siempre! En tu incesante cremación,
los dientes, amarillentos, el rocío, la espuma, las criaturas
de los sueños divididos! Oh argamasa temeraria de los frutos
divinamente colgados, pendientes de esa supresión
de las formas agotadas. Ellos serán los siguientes.
Terrible en el suceso; agotados palacios negros,
inventarios de rostros apagados como un tizón,
muertos, sucios, muertos.
Y yo solo; sin mis hijos-.
Tuve un solo hijo, echado a los leones,
un entretenimiento de cúspides y soledades neutras,
un regocijo de camiones a la puerta de una cafetería,
de fuerza descomunal, un orificio en cada lóbulo.
Me gustan las fuerzas opuestas, que toleran un brazo
con cada región de nieblas o testículos. Esas fortalezas
manantiales de los astros, de los astros bien demolidos,
hasta que se llega al último de los peatones, muerto.
De cansancio me hirieron. De rosas letales
en los impulsos del misterio, hielo troceado
por mujeres en su negror completo. Vi las rosas,
las olí, y las desprecié. Este mundo
estaba lleno de ellas. Me aburrían. Cansancio,
cansancio, cansancio, y esa eternidad de enebro,
y esos campos llenos de cebada.
Recogí mi rostro; última canción de los soles.
Sobre un túmulo blanco de cintas adhesivas.
Pequeños felinos, y un sinfín de animales enfermos,
lo habían pisoteado. Oriné y fui hacia la cosecha-.
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