pequeña anie
Poeta que considera el portal su segunda casa
No oí sus pasos,
tan sigiloso a mi llegó.
En sus ojos se rompió el espacio
que en la conciencia dolía.
Con besos de niño se atrevía
a soñar día trás día
y a soñar enseñó.
Entre las manos ofrecía
la cura del alma fría
y las caricias fueron calma
en tan herido corazón.
Él, no pidió silencio
quizo escuchar mi voz.
El tiempo entre sus brazos
se dormía estrechando lazos
que a traición me envolvió.
Él, buscó entre baules rotos
a la niña escondida
e hizo volar a la fiera herida.
Hizo estremecer el castillo
de un reino devastado,
abrió puertas para que la esclava
siendo princesa empuñe espada.
Él, no alimentó al viento
con palabras de disfraz hueco.
Renunció a su calma
abrazado al tormento,
deseando que sea eterno el lamento
mientras sea sobre mi pecho.
Él, no buscaba ser mi señor
se alimentaba de gotas escasas.
Era testigo de los banquetes
que en mi piel se servían
y con indignación mi dolor
en su pecho asumía.
ÉL, supo permanecer en la sombra
esperó sin fecha mi gloria.
Llegó el día de la muerte presentida
bañado en llanto el corazón perecia,
sin oír al miedo que lo sentenciaba
el amor a la muerte despedía.
ÉL, triunfó y secó el llanto
cuando el corazón volvió a latir,
su reina ya sin harapos
supo caminar sin miedo sentir.
Hoy, tomados de las manos
gritamos agradecidos sin dolor,
en nuestra historia al final
ganamos cuando nos llegó el amor.
tan sigiloso a mi llegó.
En sus ojos se rompió el espacio
que en la conciencia dolía.
Con besos de niño se atrevía
a soñar día trás día
y a soñar enseñó.
Entre las manos ofrecía
la cura del alma fría
y las caricias fueron calma
en tan herido corazón.
Él, no pidió silencio
quizo escuchar mi voz.
El tiempo entre sus brazos
se dormía estrechando lazos
que a traición me envolvió.
Él, buscó entre baules rotos
a la niña escondida
e hizo volar a la fiera herida.
Hizo estremecer el castillo
de un reino devastado,
abrió puertas para que la esclava
siendo princesa empuñe espada.
Él, no alimentó al viento
con palabras de disfraz hueco.
Renunció a su calma
abrazado al tormento,
deseando que sea eterno el lamento
mientras sea sobre mi pecho.
Él, no buscaba ser mi señor
se alimentaba de gotas escasas.
Era testigo de los banquetes
que en mi piel se servían
y con indignación mi dolor
en su pecho asumía.
ÉL, supo permanecer en la sombra
esperó sin fecha mi gloria.
Llegó el día de la muerte presentida
bañado en llanto el corazón perecia,
sin oír al miedo que lo sentenciaba
el amor a la muerte despedía.
ÉL, triunfó y secó el llanto
cuando el corazón volvió a latir,
su reina ya sin harapos
supo caminar sin miedo sentir.
Hoy, tomados de las manos
gritamos agradecidos sin dolor,
en nuestra historia al final
ganamos cuando nos llegó el amor.
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