il_duende
Poeta recién llegado
Los barcos del silencio yacen quietos,
van detenidos junto a tu mirada.
Los barcos del silencio están sujetos,
dormidos en el fondo de la rada.
Los barcos del silencio me han comprado
las angustias amargas de verdad;
tus besos casi tenues y apurados,
las voces estruendosas: ¡despertad!
Los barcos del silencio han llovido
orvallos clandestinos del amar
y me han dejado triste, anochecido
junto a la vera que nos lleva al mar.
Han comprado la noche tan serena,
cuando hubo despedida de las manos
y una música grácil de la pena
me cantó los quehaceres de lo vano.
De retiro me llevan estos barcos
hacia el pétalo azul de tu mirada,
que en esta soledad está en un marco
como la flor eterna que es guardada.
No hay barcos, ni silencios sino sueños,
sueños que tienen miedo ya de amar;
son egos que no quieren ser los dueños
de todo lo que pueda esclavizar.
¡Cuán bellas del jardín, ah, son las rosas!
¡Cuán fieros son los clavos del rosal!
pero estas flores pecan de amorosas,
con espinas se adoran ideal.
¡Navegan, ay, los barcos del silencio!
navegan a la altura del amor,
y un crepúsculo bello te sentencio,
cubierto en plenitud con mi calor.
Cruzan los faunos, cruzan delicados;
una náyade vaga en el jardín;
un retrato de gnomos agitados,
¡me corona tu beso de jazmín!
Del olimpo bajaron ya los dioses;
bajaron con fantástico tropel:
son las divinas luces de las voces,
los efluvios callados del vergel.
La náyade se envuelve de mis versos;
se escapa en las aguas azuladas
de un río que camina en lo disperso,
en remolino mágico de aguadas.
Los barcos me han robado mi suspiro,
se alejan del calor de tu mirar;
con el peso de sueños ya deliro,
un delirio de ausencia a no parar.
Ya se alejan en brazos del crepúsculo;
los sueños ruedan flacos en vereda:
se sueltan las cadenas de los músculos
y un beso que da vueltas, va y rueda.
En fin, es lunicidio que me mata;
va estrujando las cuerdas del lucero:
ese bergantín grácil y de plata
que me embriaga de tanto que ya espero.
van detenidos junto a tu mirada.
Los barcos del silencio están sujetos,
dormidos en el fondo de la rada.
Los barcos del silencio me han comprado
las angustias amargas de verdad;
tus besos casi tenues y apurados,
las voces estruendosas: ¡despertad!
Los barcos del silencio han llovido
orvallos clandestinos del amar
y me han dejado triste, anochecido
junto a la vera que nos lleva al mar.
Han comprado la noche tan serena,
cuando hubo despedida de las manos
y una música grácil de la pena
me cantó los quehaceres de lo vano.
De retiro me llevan estos barcos
hacia el pétalo azul de tu mirada,
que en esta soledad está en un marco
como la flor eterna que es guardada.
No hay barcos, ni silencios sino sueños,
sueños que tienen miedo ya de amar;
son egos que no quieren ser los dueños
de todo lo que pueda esclavizar.
¡Cuán bellas del jardín, ah, son las rosas!
¡Cuán fieros son los clavos del rosal!
pero estas flores pecan de amorosas,
con espinas se adoran ideal.
¡Navegan, ay, los barcos del silencio!
navegan a la altura del amor,
y un crepúsculo bello te sentencio,
cubierto en plenitud con mi calor.
Cruzan los faunos, cruzan delicados;
una náyade vaga en el jardín;
un retrato de gnomos agitados,
¡me corona tu beso de jazmín!
Del olimpo bajaron ya los dioses;
bajaron con fantástico tropel:
son las divinas luces de las voces,
los efluvios callados del vergel.
La náyade se envuelve de mis versos;
se escapa en las aguas azuladas
de un río que camina en lo disperso,
en remolino mágico de aguadas.
Los barcos me han robado mi suspiro,
se alejan del calor de tu mirar;
con el peso de sueños ya deliro,
un delirio de ausencia a no parar.
Ya se alejan en brazos del crepúsculo;
los sueños ruedan flacos en vereda:
se sueltan las cadenas de los músculos
y un beso que da vueltas, va y rueda.
En fin, es lunicidio que me mata;
va estrujando las cuerdas del lucero:
ese bergantín grácil y de plata
que me embriaga de tanto que ya espero.
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