Pinturicchio
Poeta recién llegado
Quién iba a decir que el destino, sin razones,
volvería a ponerlos en el mismo camino, con razones.
Mientras bailaban entre copas
muy despacio y no tanto,
miraban con angustia sus presencias
de vestido y pantalones para salir
los gestos; el de ellos
era como una señal de humo hacia el otro;
la mirada, la de ellos, tomaba horizontes
de ausencias y de fábulas.
Pero las palabras, las de ellos,
no pensaban en otro dulce encuentro.
Como siempre,
las alas del humano volaban sobre aquel piso.
Así que por esa noche, no intentaban observar el reloj,
sin darse cuenta de su otro acompañante,
ni siquiera sin hacer el brindis, ni una risueña mueca,
y como el instante lo permitía, el frío hizo de sus cuerpos,
y ellos se iban acercando,
sólo unos pasos cada cual,
unos muy indefensos y huidizos.
Fue matemático quedar completamente de espaldas.
Y ya que el gesto demoraba tanto,
optaron por un tropezón a propósito, ellos,
sin límites de culpas y sin copas rotas,
cuando rotaron en su lugar, ellos,
ya el frío se volvía independiente,
de modo que no había manera de escapar,
no había refugio para el próximo encuentro,
el de la mirada, el de ellos, cruzándose,
unos minutos de nostalgias,
hasta que vino aquel silencio,
que de cualidad compleja había que ser valiente
para pedir aquel perdón que realmente no existe.
Probaron risas, maneras, pequeños manotazos, ellos.
De manera que se quedaron en principio, ellos,
haciendo la formal presentación de sus acompañantes,
después, el movimiento de los labios, el de ellos,
parecía ser sordo y a esa altura, el frío ya no era barrera,
y así, repetidamente,
gastaron sus palabras en grandes temas
para al final de la noche, ellos, compartir el sueño
aquel que dejaron cuando no importaba el futuro.
volvería a ponerlos en el mismo camino, con razones.
Mientras bailaban entre copas
muy despacio y no tanto,
miraban con angustia sus presencias
de vestido y pantalones para salir
los gestos; el de ellos
era como una señal de humo hacia el otro;
la mirada, la de ellos, tomaba horizontes
de ausencias y de fábulas.
Pero las palabras, las de ellos,
no pensaban en otro dulce encuentro.
Como siempre,
las alas del humano volaban sobre aquel piso.
Así que por esa noche, no intentaban observar el reloj,
sin darse cuenta de su otro acompañante,
ni siquiera sin hacer el brindis, ni una risueña mueca,
y como el instante lo permitía, el frío hizo de sus cuerpos,
y ellos se iban acercando,
sólo unos pasos cada cual,
unos muy indefensos y huidizos.
Fue matemático quedar completamente de espaldas.
Y ya que el gesto demoraba tanto,
optaron por un tropezón a propósito, ellos,
sin límites de culpas y sin copas rotas,
cuando rotaron en su lugar, ellos,
ya el frío se volvía independiente,
de modo que no había manera de escapar,
no había refugio para el próximo encuentro,
el de la mirada, el de ellos, cruzándose,
unos minutos de nostalgias,
hasta que vino aquel silencio,
que de cualidad compleja había que ser valiente
para pedir aquel perdón que realmente no existe.
Probaron risas, maneras, pequeños manotazos, ellos.
De manera que se quedaron en principio, ellos,
haciendo la formal presentación de sus acompañantes,
después, el movimiento de los labios, el de ellos,
parecía ser sordo y a esa altura, el frío ya no era barrera,
y así, repetidamente,
gastaron sus palabras en grandes temas
para al final de la noche, ellos, compartir el sueño
aquel que dejaron cuando no importaba el futuro.
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