danie
solo un pensamiento...
Se oye el galopar del viento
en los mustios recovecos,
en cada esquina del mortecino cerebro
Más allá del sigilo de la sombra,
debajo del empedrado de los huesos,
sobre los braseros del resuello
que se escapa de las voces muertas.
En el suspiro del céfiro de la noche,
en las vetas sangrantes de las estrellas,
en la cornisa de la luna llorando menguantes,
y bajando por las nubes
y sus ojos de ceniciento reflejo
Se oye el galopar del viento,
el viento que rozó a todas las eras del tiempo,
a todos los cielos bebidos,
a todas las sendas labradas y sus frutos espirados
sobre el agua de los riachuelos
que desemboca en el réquiem baldío.
Un galope que se vuelve punzantes latidos
sofocando a los caminos con su fulminante presencia,
cayendo por el terraplén del limbo,
arrastrando con sigo los tristes celajes de la morriña.
Las esculpidas figuras de inmoladas piedras
por las manos de la labranza de los hados sin destinos.
La calcáreas sonrisas de los fantasmagóricos pretéritos
en la colisión del asfalto y su arbitraria precedencia.
Se oye el galopar del viento,
el cabalgar bravío de los arremetidos recuerdos;
ahí está el alma queriéndolo domar,
pero es en vano, es como domar rostros viejos,
semblantes áridos que se filtran en el aliento.
Y en un momento se oye el galopar del silencio,
la transeúnte calma antes del tsunami que desata
el suicidio de los anhelos
que se ahorcan
con las sogas frágiles de los faltos deseos.
en los mustios recovecos,
en cada esquina del mortecino cerebro
Más allá del sigilo de la sombra,
debajo del empedrado de los huesos,
sobre los braseros del resuello
que se escapa de las voces muertas.
En el suspiro del céfiro de la noche,
en las vetas sangrantes de las estrellas,
en la cornisa de la luna llorando menguantes,
y bajando por las nubes
y sus ojos de ceniciento reflejo
Se oye el galopar del viento,
el viento que rozó a todas las eras del tiempo,
a todos los cielos bebidos,
a todas las sendas labradas y sus frutos espirados
sobre el agua de los riachuelos
que desemboca en el réquiem baldío.
Un galope que se vuelve punzantes latidos
sofocando a los caminos con su fulminante presencia,
cayendo por el terraplén del limbo,
arrastrando con sigo los tristes celajes de la morriña.
Las esculpidas figuras de inmoladas piedras
por las manos de la labranza de los hados sin destinos.
La calcáreas sonrisas de los fantasmagóricos pretéritos
en la colisión del asfalto y su arbitraria precedencia.
Se oye el galopar del viento,
el cabalgar bravío de los arremetidos recuerdos;
ahí está el alma queriéndolo domar,
pero es en vano, es como domar rostros viejos,
semblantes áridos que se filtran en el aliento.
Y en un momento se oye el galopar del silencio,
la transeúnte calma antes del tsunami que desata
el suicidio de los anhelos
que se ahorcan
con las sogas frágiles de los faltos deseos.