Juan Oriental
Poeta que considera el portal su segunda casa
Ubico en esta categoría este poema-prosa, por considerar que la nobleza de alma, es la cualidad más auténtica y loable del ser. Sin ella, (entre sus valores humanos) la del amor valdría poco... y hasta nada.
Aprendí
de los nobles: que aún, heridos,
siempre dicen en sus cartas que “están bien.”
Que su tranquilidad,
no es propia si su prójimo,
no disfruta de seguro bienestar.
Aprendí
de los nobles: que el amor,
(si tardío, por lejano y dedicado)
¡siempre a los suyos! Es su preciso,
indeclinable, camino de volver.
Aprendí
de los nobles: “que la pena...
¡Siempre vale la esperanza!”
Que usan como escudo, el corazón.
Que se tallan en el alma los recuerdos.
Y que lloran, al resguardo de su honor.
Aprendí
de los nobles: que el caído,
se gratifica con tan solo recibirlos.
Éllos cuelgan soledad en los percheros
y se sientan a llenarnos los vacíos.
Aprendí
de los nobles, por desgracia:
que el agravio los alcanza con frecuencia...
Y que éllos, noblemente se resignan,
replegándose heroicos, a la ausencia.
Aprendí
de los nobles, ciertamente:
que quien los abandona y en “buen acto”
de egoísmo redimido, va en su busca,
los encuentra. ¡Dispuestos! Con las manos,
temblorosas de emoción, ¡y regocijo!
Gentiles, generosos, (aún, sin fuerzas)
hechos cargo de la culpa del “olvido”.
Aprendí
de los nobles, finalmente;
de sus rostros, en descanso y complacencia.
De su aura, decente, majestuosa, yerta:
¡Que hasta muertos preservan su nobleza!
.....................................
Por tanto,
yo, por ellos inspirado,
recurro humildemente a su templanza.
A su entereza.
Para ser, alguien mejor de lo que soy.
Para lucir en mi estandarte y mi razón,
la magnánima, enseña de la causa
que en mí, alientan.
Que con su dogma
de coherente y altruista bizarría.
Con su arcaico y sabio aplomo, mi valor
triunfe con calma donde cunda:
¡LA VILEZA!
..................................................
Aprendí
de los nobles: que aún, heridos,
siempre dicen en sus cartas que “están bien.”
Que su tranquilidad,
no es propia si su prójimo,
no disfruta de seguro bienestar.
Aprendí
de los nobles: que el amor,
(si tardío, por lejano y dedicado)
¡siempre a los suyos! Es su preciso,
indeclinable, camino de volver.
Aprendí
de los nobles: “que la pena...
¡Siempre vale la esperanza!”
Que usan como escudo, el corazón.
Que se tallan en el alma los recuerdos.
Y que lloran, al resguardo de su honor.
Aprendí
de los nobles: que el caído,
se gratifica con tan solo recibirlos.
Éllos cuelgan soledad en los percheros
y se sientan a llenarnos los vacíos.
Aprendí
de los nobles, por desgracia:
que el agravio los alcanza con frecuencia...
Y que éllos, noblemente se resignan,
replegándose heroicos, a la ausencia.
Aprendí
de los nobles, ciertamente:
que quien los abandona y en “buen acto”
de egoísmo redimido, va en su busca,
los encuentra. ¡Dispuestos! Con las manos,
temblorosas de emoción, ¡y regocijo!
Gentiles, generosos, (aún, sin fuerzas)
hechos cargo de la culpa del “olvido”.
Aprendí
de los nobles, finalmente;
de sus rostros, en descanso y complacencia.
De su aura, decente, majestuosa, yerta:
¡Que hasta muertos preservan su nobleza!
.....................................
Por tanto,
yo, por ellos inspirado,
recurro humildemente a su templanza.
A su entereza.
Para ser, alguien mejor de lo que soy.
Para lucir en mi estandarte y mi razón,
la magnánima, enseña de la causa
que en mí, alientan.
Que con su dogma
de coherente y altruista bizarría.
Con su arcaico y sabio aplomo, mi valor
triunfe con calma donde cunda:
¡LA VILEZA!
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