LOS SECRETOS DE LA NOCHE.
En el laberinto de los caducos espejos
con su luz nacida desde un fondo inaccesible
me debato y asumo mi inviolable trascendencia,
aquella que me forja por las tardes
para renunciarme en ausentes noches tibias
de las que soy carne y entorno.
Mi piel de extrañas fosforescencias canta
con los laúdes matutinos, aguas lustrales
de impotentes cauces hacia el vórtice de mi nada.
Aspiro a ser celestial incongruencia
perseida disuelta en oquedades de silencio
anatómica constelación de estrellas violadas
por los dioses que esperan su regreso.
Y tras los espejos los campos asediados
-yo lo se, los vi en mis sueños-
cuajados de ortigas majestuosas
de corazas como lagartos relumbrantes,
como pecios agridulces en los que reposan
las sirenas de los cuentos.
Y discurren mis noches en la calma quejumbrosa
de los hospitales de guerra, entre fuegos fatuos
y lámparas votivas, entre los reflejos sobre los negros espejos
de faros amarillentos de los coches que se desploman
desde los triforios deslumbrados
como dromedarios muertos.
Cómo me duele el desierto, los desiertos, que anidan
en mi alma hoy revestida de cuero,
oh, mis desiertos.
He dejado encendidas mis huellas marcadas en las dunas
pues espero una nueva eternidad en la que Ella me acompañe
la mujer de los líquidos cabellos y ojos como barcas de Caronte
la mujer que me dio vida en un sueño.
Vibrantes las auroras boreales, los espejismos caudales,
las bocas con labios formados por mandorlas ahuecadas
para alojar los virginales besos.
Entre palmeras cruzadas los secretos de la noche del desierto
me llegan como melodías coloreadas en pentagramas,
líneas paralelas que son surcos en los infinitos campos
donde reposa ya mi cuerpo.
Ilust.: Franziskus Pfleghart
En el laberinto de los caducos espejos
con su luz nacida desde un fondo inaccesible
me debato y asumo mi inviolable trascendencia,
aquella que me forja por las tardes
para renunciarme en ausentes noches tibias
de las que soy carne y entorno.
Mi piel de extrañas fosforescencias canta
con los laúdes matutinos, aguas lustrales
de impotentes cauces hacia el vórtice de mi nada.
Aspiro a ser celestial incongruencia
perseida disuelta en oquedades de silencio
anatómica constelación de estrellas violadas
por los dioses que esperan su regreso.
Y tras los espejos los campos asediados
-yo lo se, los vi en mis sueños-
cuajados de ortigas majestuosas
de corazas como lagartos relumbrantes,
como pecios agridulces en los que reposan
las sirenas de los cuentos.
Y discurren mis noches en la calma quejumbrosa
de los hospitales de guerra, entre fuegos fatuos
y lámparas votivas, entre los reflejos sobre los negros espejos
de faros amarillentos de los coches que se desploman
desde los triforios deslumbrados
como dromedarios muertos.
Cómo me duele el desierto, los desiertos, que anidan
en mi alma hoy revestida de cuero,
oh, mis desiertos.
He dejado encendidas mis huellas marcadas en las dunas
pues espero una nueva eternidad en la que Ella me acompañe
la mujer de los líquidos cabellos y ojos como barcas de Caronte
la mujer que me dio vida en un sueño.
Vibrantes las auroras boreales, los espejismos caudales,
las bocas con labios formados por mandorlas ahuecadas
para alojar los virginales besos.
Entre palmeras cruzadas los secretos de la noche del desierto
me llegan como melodías coloreadas en pentagramas,
líneas paralelas que son surcos en los infinitos campos
donde reposa ya mi cuerpo.
Ilust.: Franziskus Pfleghart
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