Escobedo
Poeta asiduo al portal
Este mismo poema ha sido posteado en el Foro de Poemas Generales, bajo el desafortunado título de "Caminata". Errado el título y seguramente también el Foro, los resultados de comentarios y lecturas han sido desastrosos. Es por ello que lo lanzo en este foro y bajo otro título, con la esperanza de que, si consideráis que lo merece, obtenga mejores resultados.
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Hay un hombre mayor, plata en las sienes,
el bigote entrecano y en el labio
la tristeza del mundo acumulada;
tiene los ojos mustios, la mirada perdida
en el bruno horizonte que se acerca,
y es enjuto su cuerpo, ya rendido
por la carga de tiempo que acarrea.
Se ayuda de un cayado, al caminar
la pedregosa senda de su vida;
las botas destrozadas por el uso
y un raído sombrero, salado de sudores,
que apenas si protege su calva del ardor
de un sol empecinado en abrasarla.
Al cruzar por los pueblos,
los niños lo apedrean y los perros le ladran,
y los hombres lo ignoran,
y sólo las mujeres le muestran su piedad.
Pero él piedad no busca,
solamente el afecto de las gentes
le puede resarcir de su dolor
barriendo las miserias de su espíritu.
Otrora fue mimado por la vida.
Atesora recuerdos de vinos y de rosas,
de los tiempos del pan y de la miel,
los laureles del triunfo nimbaron su cabeza
y gozó la ambrosia de los dioses terrenos;
pero trepó tan alto, tanto quiso abarcar,
que el castillo de naipes
no aguantó los embates y cayó.
Y todos esos gozos devinieron en sombras,
y aquel brillo estelar tan solo trajo
la triste oscuridad de estos momentos,
y él sigue caminando sin reposo,
apoyado en el bastón de la esperanza
hasta que, al fin, logre alcanzar la Paz.
Juan de Escobedo, 25-08-2010.
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Hay un hombre mayor, plata en las sienes,
el bigote entrecano y en el labio
la tristeza del mundo acumulada;
tiene los ojos mustios, la mirada perdida
en el bruno horizonte que se acerca,
y es enjuto su cuerpo, ya rendido
por la carga de tiempo que acarrea.
Se ayuda de un cayado, al caminar
la pedregosa senda de su vida;
las botas destrozadas por el uso
y un raído sombrero, salado de sudores,
que apenas si protege su calva del ardor
de un sol empecinado en abrasarla.
Al cruzar por los pueblos,
los niños lo apedrean y los perros le ladran,
y los hombres lo ignoran,
y sólo las mujeres le muestran su piedad.
Pero él piedad no busca,
solamente el afecto de las gentes
le puede resarcir de su dolor
barriendo las miserias de su espíritu.
Otrora fue mimado por la vida.
Atesora recuerdos de vinos y de rosas,
de los tiempos del pan y de la miel,
los laureles del triunfo nimbaron su cabeza
y gozó la ambrosia de los dioses terrenos;
pero trepó tan alto, tanto quiso abarcar,
que el castillo de naipes
no aguantó los embates y cayó.
Y todos esos gozos devinieron en sombras,
y aquel brillo estelar tan solo trajo
la triste oscuridad de estos momentos,
y él sigue caminando sin reposo,
apoyado en el bastón de la esperanza
hasta que, al fin, logre alcanzar la Paz.
Juan de Escobedo, 25-08-2010.