Los campesinos lloran por su cosecha
de gusanos y sus hijos lacrimosos
y sus esposas panzonas y quejumbrosas.
Los oficinistas ríen en sus horas
de comida y en sus descansos
rutinarios entre una carcajada y otra.
El obrero con sus pantalones rotos
y su alma oscura y tintineante,
retuerce la boca cuando ve que su vida
se ha ido entre una jornada y
otra aplastada bajo su mirada agónica
y abrasiva.
Los escritores con sus plumas rotas,
sus laptops llenas de migajas de pan
y sus pensamientos que bailan ante
sus ojos, piensan en Lope de Vega,
en Shakespeare, en Voltaire y
sueñan con alcanzar el parnaso repleto
de prostitutas y sus palabras y pensamientos
escritos en la pared del baño.
El orgullo caminando por las narices
aguileñas de los obispos, de
los terroristas, de los maestros y los
alumnos. El orgullo de la fe, de la
inteligencia y el orgullo de no
dejar de ser.
Luchas y luchas, con plumas y con mazos
y pinzas oxidadas. Con palas y picos
de mangos terrosos y tractores
viejos y achacosos.
¡Qué pinche lucha tan ridícula!
¡Qué pinche forma de vivir!
Unos se enorgullecen.
Otros se santiguan y rezan para que
el diablo no los tiente.
Y otros, simplemente han dejado de
existir y cuentan lo cuento
sin el temor de volver a sentir.
de gusanos y sus hijos lacrimosos
y sus esposas panzonas y quejumbrosas.
Los oficinistas ríen en sus horas
de comida y en sus descansos
rutinarios entre una carcajada y otra.
El obrero con sus pantalones rotos
y su alma oscura y tintineante,
retuerce la boca cuando ve que su vida
se ha ido entre una jornada y
otra aplastada bajo su mirada agónica
y abrasiva.
Los escritores con sus plumas rotas,
sus laptops llenas de migajas de pan
y sus pensamientos que bailan ante
sus ojos, piensan en Lope de Vega,
en Shakespeare, en Voltaire y
sueñan con alcanzar el parnaso repleto
de prostitutas y sus palabras y pensamientos
escritos en la pared del baño.
El orgullo caminando por las narices
aguileñas de los obispos, de
los terroristas, de los maestros y los
alumnos. El orgullo de la fe, de la
inteligencia y el orgullo de no
dejar de ser.
Luchas y luchas, con plumas y con mazos
y pinzas oxidadas. Con palas y picos
de mangos terrosos y tractores
viejos y achacosos.
¡Qué pinche lucha tan ridícula!
¡Qué pinche forma de vivir!
Unos se enorgullecen.
Otros se santiguan y rezan para que
el diablo no los tiente.
Y otros, simplemente han dejado de
existir y cuentan lo cuento
sin el temor de volver a sentir.