Siempre oí decir que para la fusión sexual
era más propicia la noche.
Permítanme diferir de esa opinión.
Prefiero el fulgor diurno,
y si acaso se da en la noche,
se debe amueblar la habitación,
con luz, rosas, perfumes,
y por supuesto el tálamo.
La luz me permite observar tu belleza,
puedo contemplar la perla oscura
en el cenit de tu enhiesta redondez;
el jardín del pubis,
que esconde el núcleo del deseo
y su cortejo de delicias.
Mis ojos te recorren como paisaje nuevo,
y la pasión crece
cuando a tu hermosura
la vistes de insinuación.
Si de noche fuera,
yo sería como un ciego
al que describen el encanto de un vergel
y extiende la mano,
tocando solo la tersura de los pétalos,
o aspira la fragancia del ambiente....
Cuando la luz es testigo,
tu hermosura se troca
en aurora para mis sentidos;
te veo, y acaricio la parte más bella
de tu cuerpo en ese momento,
te miro, y mis labios paladean
la ambrosía de tu piel;
te contemplo, y mi olfato recibe los efluvios
que emana tu voluptuosa turgencia,
te observo, y mis oídos
captan la música de tus gemidos;
pero, sobre todo, puedo
captar la noción de lo estético
que la naturaleza me legó en ti mujer.
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