Yo acostumbraba a romper la dura roca
en la que los mineros fundían a
fuego vivo balas para mitigar el dolor.
Acostumbraba a sesgar a pura
dentellada la mena más escondida
y quedarme allí lleno de terror.
Y dejé, acostumbrado, sangre en la orilla
para no olvidar el camino de vuelta
y recordar que pretendì tener lo mejor.
Dejé de escribir y vivir, dejé la palabra
y olvidé en cierta forma la escritura,
mas prometo que nunca te olvidé, amor.
Porque he viajado donde nadie nunca,
y roto la fe en una noche sombría,
bien sé hoy que nadie reemplaza tu calor.
Bien sé que tengo la fuerza
de veinte hombres para arrancar la
vida sin motivo y no sé expresarte mi amor.
Para Lydia, mi mujer, con todo mi cariño, Ramón Almagro.
en la que los mineros fundían a
fuego vivo balas para mitigar el dolor.
Acostumbraba a sesgar a pura
dentellada la mena más escondida
y quedarme allí lleno de terror.
Y dejé, acostumbrado, sangre en la orilla
para no olvidar el camino de vuelta
y recordar que pretendì tener lo mejor.
Dejé de escribir y vivir, dejé la palabra
y olvidé en cierta forma la escritura,
mas prometo que nunca te olvidé, amor.
Porque he viajado donde nadie nunca,
y roto la fe en una noche sombría,
bien sé hoy que nadie reemplaza tu calor.
Bien sé que tengo la fuerza
de veinte hombres para arrancar la
vida sin motivo y no sé expresarte mi amor.
Para Lydia, mi mujer, con todo mi cariño, Ramón Almagro.