poetakabik
Poeta veterano en el portal
Madre de niebla
Te busco en los espejos del rocío,
donde aún respira tu sombra dormida,
y en cada amanecer, tu despedida
se disfraza de luz sobre el vacío.
No sé si me recuerdas… pero siento
que en tu silencio late mi destino,
como si el tiempo, ciego y peregrino,
te guardara en su pliegue más lento.
Te hablo sin voz, con la mirada, madre,
porque tu alma aún entiende el temblor
de un hijo que se aferra al resplandor
de aquella voz que el olvido no apague.
Si el recuerdo se borra, no me dueles:
sigues viva en la música del alma.
Y cuando el mundo calla, tu calma
me abraza con sus dedos invisibles.
---
A veces, te contemplo y no regresas,
tu mente va danzando entre la bruma,
pero en tu gesto queda la perfuma
de todas mis infancias y promesas.
Y sé que estás ahí, aunque el camino
ya no conozca el paso ni el sentido;
te nombro, y en tu pecho adormecido
florece un eco tibio y cristalino.
Madre, aunque el olvido te acompañe,
no hay sombra que te aparte de mi ser,
pues tu amor, sin palabra ni poder,
es raíz que en mi alma nunca dañe.
Y cuando al fin me alcance tu silencio,
volveré a ti, sin miedo, lentamente,
a descansar, pequeño, eternamente,
en la memoria pura del comienzo.
Te busco en los espejos del rocío,
donde aún respira tu sombra dormida,
y en cada amanecer, tu despedida
se disfraza de luz sobre el vacío.
No sé si me recuerdas… pero siento
que en tu silencio late mi destino,
como si el tiempo, ciego y peregrino,
te guardara en su pliegue más lento.
Te hablo sin voz, con la mirada, madre,
porque tu alma aún entiende el temblor
de un hijo que se aferra al resplandor
de aquella voz que el olvido no apague.
Si el recuerdo se borra, no me dueles:
sigues viva en la música del alma.
Y cuando el mundo calla, tu calma
me abraza con sus dedos invisibles.
---
A veces, te contemplo y no regresas,
tu mente va danzando entre la bruma,
pero en tu gesto queda la perfuma
de todas mis infancias y promesas.
Y sé que estás ahí, aunque el camino
ya no conozca el paso ni el sentido;
te nombro, y en tu pecho adormecido
florece un eco tibio y cristalino.
Madre, aunque el olvido te acompañe,
no hay sombra que te aparte de mi ser,
pues tu amor, sin palabra ni poder,
es raíz que en mi alma nunca dañe.
Y cuando al fin me alcance tu silencio,
volveré a ti, sin miedo, lentamente,
a descansar, pequeño, eternamente,
en la memoria pura del comienzo.