Nat Guttlein
さん
La calidez del hogar se proyecta y retumba en cada rincón,
la estufa a mi lado emite sonidos ahogados,
difíciles de escuchar,
y los cuales puedo percibir en el calor que me llega,
que golpea mis mejillas.
Ella está sentada y su voz es tan delicada, que parece no escucharse,
como una melodía con sabor a Chopin.
Y aún más cuando la sorprendo leyendo algún artículo en Internet,
o simplemente mirando la tele y frunciendo el seño.
Sus manos, aquellas que me acunaron desde el primer respiro de vida,
sostienen la compañía que cada tarde y casi como forma de religión, nos acompaña.
El humo que se desliza del mate, subiendo lentamente,
Parece flotar entre sus lentes e ir a parar directamente hacia su nariz,
aquella que en el inicio,
en aquel pedacito que parte de entre sus ojos,
poblados en un manto negro,
desdibuja un ángulo perfecto.
Las charlas se pasean por entre el poco espacio que nos separa,
su sonrisa que aún me parece la musa perfecta a todas mis letras,
aún se refleja en mi pecho.
De pronto un tango de mis preferidos comienza a sonar,
su voz automáticamente comienza a tararearlo,
sin darme cuenta me quedo un par de segundos,
de esos que se vuelven minutos,
mirándola.
-Aquello realmente es poesía, no te parece?.
Le digo.
-La verdad que sí, increíble.
Y pienso por mis adentros, si, la música también lo es.
la estufa a mi lado emite sonidos ahogados,
difíciles de escuchar,
y los cuales puedo percibir en el calor que me llega,
que golpea mis mejillas.
Ella está sentada y su voz es tan delicada, que parece no escucharse,
como una melodía con sabor a Chopin.
Y aún más cuando la sorprendo leyendo algún artículo en Internet,
o simplemente mirando la tele y frunciendo el seño.
Sus manos, aquellas que me acunaron desde el primer respiro de vida,
sostienen la compañía que cada tarde y casi como forma de religión, nos acompaña.
El humo que se desliza del mate, subiendo lentamente,
Parece flotar entre sus lentes e ir a parar directamente hacia su nariz,
aquella que en el inicio,
en aquel pedacito que parte de entre sus ojos,
poblados en un manto negro,
desdibuja un ángulo perfecto.
Las charlas se pasean por entre el poco espacio que nos separa,
su sonrisa que aún me parece la musa perfecta a todas mis letras,
aún se refleja en mi pecho.
De pronto un tango de mis preferidos comienza a sonar,
su voz automáticamente comienza a tararearlo,
sin darme cuenta me quedo un par de segundos,
de esos que se vuelven minutos,
mirándola.
-Aquello realmente es poesía, no te parece?.
Le digo.
-La verdad que sí, increíble.
Y pienso por mis adentros, si, la música también lo es.