Me marcho hacia el exilio de la tarde.
Allí se posa el tiempo lentamente
y necesito conservar las fechas
compartidas en las duplicaciones
de nuestras panorámicas vencidas.
Allí no corro el riesgo de las locomotoras
que pretenden llegar antes de tiempo
a su destino o a sus despedidas,
aunque en algún vagón sobreviven los látigos
de la aceleración de su comienzo,
y a veces, acoplado
como un acecho en la mirada oscura
o un recuerdo posado en los cristales
me niego a remansarme en la estación
impuesta a los ferrocarriles
y salgo de mi aspecto
como si me empujara una fuerza centrífuga
del miedo acumulado en el viaje.
Después de abandonarme en los sentidos,
abierto en los umbrales de la meta,
se detiene el acceso a los andenes
donde tú me esperabas,
y me niegas,
y renuevas mi pánico
cuando ordenas que siga mi camino
en la velocidad que nos aleja.
Allí se posa el tiempo lentamente
y necesito conservar las fechas
compartidas en las duplicaciones
de nuestras panorámicas vencidas.
Allí no corro el riesgo de las locomotoras
que pretenden llegar antes de tiempo
a su destino o a sus despedidas,
aunque en algún vagón sobreviven los látigos
de la aceleración de su comienzo,
y a veces, acoplado
como un acecho en la mirada oscura
o un recuerdo posado en los cristales
me niego a remansarme en la estación
impuesta a los ferrocarriles
y salgo de mi aspecto
como si me empujara una fuerza centrífuga
del miedo acumulado en el viaje.
Después de abandonarme en los sentidos,
abierto en los umbrales de la meta,
se detiene el acceso a los andenes
donde tú me esperabas,
y me niegas,
y renuevas mi pánico
cuando ordenas que siga mi camino
en la velocidad que nos aleja.