Jacobino
Poeta recién llegado
Sé que me voy a mentir,
porque...
otra vez, me planto ante la pantalla
de blanca luz, donde mis ojos se ven,
y digo en voz alta la falsedad
en los templos enseñada: voy a escribir cuanto sé
de mí. Puedo decir cuanto quiera,
pero sé que me voy a mentir... que de mí
no hablaré. No es por tí, que estás
en la otra habitación medio dormida
tras unas leves caricias y un,
hoy no,
no es por el resto de todo lo que hay,
de todos los que quedan, no me avergüenzo
ante la piel de los demás, son mis ojos
los que me hacen llorar, decir no,
hasta el fondo nunca llegaré, ¿quién puede más?
Por ello voy a escribir,
que tú, sentada sobre mi cama,
con esas hermosas piernas cruzadas,
el silencio espeso como un muro que,
cruel, va a apostar por separarnos,
cual a la luz de la oscuridad,
o mi deseo de ser solitario,
de contigo tan solo follar,
ahora, tras unas letras clavar,
o cuando las pieles se conciten
porque quieren más, siempre un poco más...
no hay deseo carnal que arda hasta el final.
Pero no es ése mi yo, no eres tú mi dios,
detrás de tu espalda, de la oscuridad,
del rincón de mi habitación, del pasado
que me forjó, sé que hay algo
que no me atrevo a contar... puedo mentirme
otra vez, nada me cuesta, ningún daño hace,
he aprendido a vivir solo en la carne,
lo que haya de más, para mi no está...
(Trescientos poemas, o lo que sean, como éste.
Hasta los cuatrocientos golpes... y alguno más).
porque...
otra vez, me planto ante la pantalla
de blanca luz, donde mis ojos se ven,
y digo en voz alta la falsedad
en los templos enseñada: voy a escribir cuanto sé
de mí. Puedo decir cuanto quiera,
pero sé que me voy a mentir... que de mí
no hablaré. No es por tí, que estás
en la otra habitación medio dormida
tras unas leves caricias y un,
hoy no,
no es por el resto de todo lo que hay,
de todos los que quedan, no me avergüenzo
ante la piel de los demás, son mis ojos
los que me hacen llorar, decir no,
hasta el fondo nunca llegaré, ¿quién puede más?
Por ello voy a escribir,
que tú, sentada sobre mi cama,
con esas hermosas piernas cruzadas,
el silencio espeso como un muro que,
cruel, va a apostar por separarnos,
cual a la luz de la oscuridad,
o mi deseo de ser solitario,
de contigo tan solo follar,
ahora, tras unas letras clavar,
o cuando las pieles se conciten
porque quieren más, siempre un poco más...
no hay deseo carnal que arda hasta el final.
Pero no es ése mi yo, no eres tú mi dios,
detrás de tu espalda, de la oscuridad,
del rincón de mi habitación, del pasado
que me forjó, sé que hay algo
que no me atrevo a contar... puedo mentirme
otra vez, nada me cuesta, ningún daño hace,
he aprendido a vivir solo en la carne,
lo que haya de más, para mi no está...
(Trescientos poemas, o lo que sean, como éste.
Hasta los cuatrocientos golpes... y alguno más).
::