Chema Ysmer
Poeta que considera el portal su segunda casa
Mesa de escritorio,
tierra ignota aún por descubrir,
barco velero de mástiles de colores, erguidos
y velas desplegadas,
blanco sobre blanco, una sobre otra,
en espera de un viento que revuelva sus costuras
y las hinche, llenándolas de tinta,
espumeando sobre ellas
gargantas y sonidos de diversos mares
y una lluvia fina, trazada línea a línea
en frases que comienzan y terminan
de la misma forma, con un punto.
Hay quizás labios puestos sobre él
y quizás también cenizas;
esas velas han ardido infinidad de veces
en cada nueva travesía, al igual que Ícaro,
cada vez más cerca
de un calor ilimitado
y una arena brillante
en donde posar los pies, descalzos
y gritar: es la vida, esa es la vida.
Vuelvo a casa,
con la suerte de la labor bien hecha
el polvo en la yema de los dedos
las velas replegadas en sus mástiles
y el viento que devuelve una sonrisa.
Mesa de escritorio. Tierra ignota.
tierra ignota aún por descubrir,
barco velero de mástiles de colores, erguidos
y velas desplegadas,
blanco sobre blanco, una sobre otra,
en espera de un viento que revuelva sus costuras
y las hinche, llenándolas de tinta,
espumeando sobre ellas
gargantas y sonidos de diversos mares
y una lluvia fina, trazada línea a línea
en frases que comienzan y terminan
de la misma forma, con un punto.
Hay quizás labios puestos sobre él
y quizás también cenizas;
esas velas han ardido infinidad de veces
en cada nueva travesía, al igual que Ícaro,
cada vez más cerca
de un calor ilimitado
y una arena brillante
en donde posar los pies, descalzos
y gritar: es la vida, esa es la vida.
Vuelvo a casa,
con la suerte de la labor bien hecha
el polvo en la yema de los dedos
las velas replegadas en sus mástiles
y el viento que devuelve una sonrisa.
Mesa de escritorio. Tierra ignota.